viernes, 31 de julio de 2009

Ponga un campamento en su vida

"En su estudio del alma humana, la psicología de todas las épocas siempre ha pretendido realizar descripciones con las que explicar las acciones y clasificar a los seres humanos según sus pasiones, actitudes o disposiciones. Esta intención explicativa se ha incrementado con el tiempo y los psicólogos se han convertido en profesionales con capacidad para medir, interpretar y clasificar cualquier tipo de conductas. Algún día estudiarán en profundidad el papel que los campamentos de verano desempeñan en el imaginario de la vida familiar.

Aunque el Instituto Valenciano de la Juventud oferte anualmente más de 5000 plazas en albergues, colonias o centros extranjeros, el número de niños, adolescentes y jóvenes que aprovechan el verano para salir de campamentos triplica la oferta oficial. Las parroquias, colegios y organizaciones sociales realizan una oferta tan amplia que casi la mitad de las familias de la Comunidad Valenciana están afectadas, directa o indirectamente, por los campamentos de verano. Digo que están afectadas porque un campamento transforma radicalmente la vida familiar, de tal modo que la Psicología de la educación y el desarrollo deberían plantearse cómo analizar en profundidad los seis tipos de padres que nos podemos encontrar.

Hay un primer tipo de padres que podemos llamar románticos porque están convencidos del valor educativo de la naturaleza. Los campamentos son casi la única ocasión que tienen sus hijos para acercarse a la naturaleza y disfrutar de ella. Acostumbrados a jornadas urbanas maratonianas donde todo es ruido, contaminación y aparente civilización, el campamento es una ocasión privilegiada para escuchar el canto de los pájaros y grillos, percibir el frescor de las acequias y conocer todo tipo de fauna salvaje. Son padres que se admiran hasta la extenuación y afirman : ¡no había ni cobertura!”

Los cínicos son un tipo especial de padres que han anhelado este momento durante todo el año. Han esperado la quincena veraniega para programar esa escapada que sólo pueden hacer cuando las criaturitas no están. El campamento de verano les recuerda que el orden familiar es un pequeño infierno soportable porque disponen de esos pequeños momentos de paraíso conyugal. Aunque dejen a los niños con pena y lloren cuando suben al autobús, a los pocos minutos exclaman: “¡por fin solos!”.

Los padres escépticos no creen que el campamento resuelva nada. Consideran que sus hijos van a venir igual de salvajes que cuando fueron, incluso con más ganas de lanzarse al Tuenti, al Messenger, a la Play-station o la Wii que cuando se fueron. Como mucho, habrán añorado la comodidad del colchón, el frigorífico familiar, una ducha que funciona o unas letrinas en condiciones. Una variante de este tipo de padre son los pragmáticos, padres que consideran útil el campamento porque en él aprenden nuevas habilidades instrumentales y sociales, es decir, se enfrentan a situaciones donde tienen que “buscarse la vida”.

Los nostálgicos son un quinto tipo de padres que se manifiesta de manera especial el día que llamamos “día de padres”. Ese día los padres comprueban que los campamentos de ahora no son como los de antes. Antes casi se dormía en el suelo, se hacían duras marchas con las irrompibles Chiruca, se aprendía a utilizar la brújula y las únicas instalaciones existentes eran rústicas y artesanales construcciones autofabricadas con hilo de pita. Ahora no sólo se llevan esterillas sino ultraligeros sacos de plumas, con calzado y equipamiento Gore-tex donde las coordenadas de encuentro se establecen con GPS. Para colmo, por si la vida no fuera por sí misma una actividad de riesgo, aprovechan el campamento para hacer “deportes de riesgo” que llaman “puenting” y “rafting”.

Por último, hay un sexto tipo de padres llamados heroicos. Son padres entregados a la causa y colaboran con la vida del grupo durante todo el año. Además de acompañar el proceso de los grupos, están dispuestos a responsabilizarse en la petición de permisos, la administración de cuotas y gestión de la intendencia. Buscan los proveedores más baratos en la elaboración de los menús, sacrifican sus vacaciones, su tiempo y sus ilusiones para que sus hijos se entreguen al descubrimiento de la naturaleza, al conocimiento de sí mismos en situaciones extraordinarias y al reconocimiento del sentido cooperativo de la vida. Sus hijos no entienden por qué sus padres no cobran nada por hacer esto. Algunos no se explican por qué nadie cobra nada por dirigir, gestionar y administrar las actividades. Alguna criatura ingenua, metiéndose donde no la llaman, recuerda que las actividades más valiosas de la vida no tienen precio." Podéis localizar el artículo completo en: http://www.lasprovincias.es/valencia/20090726/valenciana/ponga-campamento-vida-20090726.html

Nuevas funciones del ombligo

"Entre los diferentes usos de la palabra “ombligo”, el diccionario recoge la expresión “mirarse alguien al ombligo” para describir una actitud egocéntrica y autocomplaciente. Ya sé que estos días de playa y piscina estamos más atentos a su significado original como cicatriz redonda que tenemos en medio del vientre. Sin embargo, no deberíamos perder de vista toda la fuerza expresiva del término porque nos puede ayudar a entender problemas tan cotidianos como la crisis económica, la financiación de las autonomías, el famoso Plan E del gobierno o, incluso, la aparente desorientación nuestra clase política.

Hasta ahora, el ombligo desempeñaba una función anatómica, fisiológica, o estética como centro del cuerpo humano. En el yoga, el ombligo es un de los centros básicos de vitalidad y en él se localiza el tercer chakra o círculo de energía. A partir de ahora, puede desempeñar nuevas funciones en nuestro imaginario cultural, social y político. Incluso puede desempeñar un papel central en toda la política del cuerpo de la que tanto han hablado psicoanalistas y antropólogos de nuestros días como Jung o Foucault. Yo prefiero remontarme a Nietzsche y Unamuno porque me parecen más sinceros, anunciaron a finales del siglo XIX una relación entre la ética y la fisiología sin la que sería difícil explicar el funcionamiento de las democracias.

Aunque el profesor Abadía explica el origen de la crisis económica en las hipotecas NINJA, yo prefiero remitirme al ombligo porque los desalmados ingenieros de las finanzas que construyeron las hipotecas basura actuaban movidos por su voracidad financiera, su ambición y su egoísmo. Se miraron tanto al ombligo que terminaron perdiendo la vista, perdieron la capacidad de medir las distancias y su miopía autista la padecemos todos.

Cualquier duda sobre esta centralidad explicativa del ombligo se disipa después de comprobar la estrategia con la que el gobierno central ha resuelto la financiación autonómica. Primero porque el diputado Puigcercós presumió que su ombligo lleva grabada la cifra de 3.855 millones de Euros. Segundo porque el gobierno socialista ha demostrado que sabe centrarse en sí mismo y mantener nutridos los ombligos de sus votantes. Y tercero porque ha conseguido que las autonomías donde gobiernan los populares se centren en su propio ombligo.

El hecho de que Mariano Rajoy permita que cada Comunidad Autónoma donde gobiernan negocie por su cuenta, es una muestra de que los populares no sólo tienen cierta crisis de liderazgo sino cierta crisis de ideas y valores. Cuando Zapatero ha negociado sin luz, sin taquígrafos y sin vergüenza un sistema de financiación mirando en su propio ombligo, los ciudadanos esperaban que alguien levantara la vista y dejara de mirarse en su propio ombligo. Los ciudadanos esperábamos que alguien tuviera altura de miras y dejara de mirarse al ombligo, que alguien diera la espalda al egoísmo autonómico y mantuviera el horizonte de igualdad, solidaridad y generosidad que animó la Constitución del 78.

Aunque la Comunidad Valenciana y la Comunidad de Madrid salgan ganando en este reparto autonómico desigual, sus líderes tendrán problemas para ir con la cabeza bien alta en el resto de España. Serán recibidos como gentes sin capacidad de mirar más allá de su ombligo, como líderes prisioneros de su propia ambición y egoísmo.

El presidente Zapatero ha realizado una pérfida jugada maestra no sólo porque satisface los ombligos de los socialistas catalanes y andaluces sino porque ha dejado a la oposición ensimismada y mirándose al ombligo. Con ello ha conseguido que esta fecunda cicatriz se convierta en el órgano central de la financiación autonómica, de la administración financiera de los gobiernos y de la dirección política de los partidos.

Por si faltaba poco, el ombligo no sólo describe una política de nacionalismo tribal, cegador y desmoralizante, simboliza el autismo de una clase política incapaz de tener aquello que se le pide a cualquier organización humana de calidad: misión, visión y valores. También es el símbolo de una política cortoplacista donde los ideales y la ilusión que los ciudadanos han depositado en sus representantes se subastan por un plato de lentejas.

Los ciudadanos tampoco queremos que nuestros políticos se olviden de su ombligo, no queremos que descuiden un centro de energía tan importante. Con estos calores no queremos que vayan erguidos mirando al sol y se les estropee la vista. Nos gustaría que aprendieran a levantar la mirada sin detenerse demasiado en la cartera, con la secreta esperanza de que algún día el ombligo deje un hueco a la cabeza, y al corazón."Poéis localizar el artículo completo en "http://www.lasprovincias.es/valencia/20090719/valenciana/nuevas-funciones-ombligo-20090719.html

viernes, 10 de julio de 2009

Democracia Morbosa













"Esta semana, los políticos de la Comunidad Valenciana han batido el record de todas las portadas. Empezamos con los trajes de Camps y terminamos con las anchoas de Rita. Entre medias, algunos socialistas valencianos movilizan a sus huestes más incendiarias, se echan al monte y se frotan las manos porque no se habla de las mentiras del 11M, la crisis económica, la crisis de la justicia, el desgobierno autonómico, el desconcierto educativo, la desvertebración sanitaria, la bancarrota de la seguridad social, la politización del ahorro, la inmigración, el agua o de la desmoralización cívica.

Aunque parezca fácil interpretar estos hechos y atribuir este alto nivel de verborrea a la temperatura o las rebajas, éstas últimas no describen sólo una temporada comercial donde los bienes de consumo reducen sus precios. Las rebajas afectan también al nivel argumentativo del debate público y la capacidad de entusiasmar o ilusionar a los ciudadanos. Cuando esto sucede, se incrementa una fractura entre gobernados y gobernantes en la que nunca gana la justicia sino los leguleyos, los sofistas y los profesionales de la mentira.

Esto lo acaba de decir Benedicto XVI en la encíclica que también se ha hecho pública esta semana y lo deberían saber todos los que acceden a un cargo público. Hay rebajas en la ética democrática cuando la relación entre verdad y justicia se rompe, cuando a los gobernados se les exigen unas responsabilidades de las que se auto-eximen los gobernantes, cuando las leyes se utilizan para mantener los privilegios de poderosos y no para garantizar los derechos de todos. Sobre todo, cuando la opinión pública se instrumentaliza para desprestigiar y juzgar sin piedad a quienes desconocen de qué se tienen que defender.

Quienes se instalan en las rebajas de los argumentos y se olvidan de buscar la verdad porque prefieren las coyunturales mayorías parlamentarias, no deberían extrañarse de que la justicia les dé la espalda en los espacios públicos de ciudadanía. Esto es algo que deberían tener en cuenta los cargos públicos de todos los colores si queremos promover -incluso entre fiscales, jueces y periodistas- una cultura cívica de la responsabilidad, de la rendición de cuentas y de la transparencia administrativa. No se nos puede decir a quienes nos dedicamos a la docencia o la investigación que somos teóricos, que la verdad de la ciencia tiene que estar separada de las mayorías parlamentarias, que una cosa es la teoría política y otra la práctica parlamentaria.

Así piensan los teóricos de cierto liberalismo que se amparan en las primeras páginas de la Teoría de la Justicia de John Rawls cuando afirmaba en 1971 lo siguiente: “la justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento”. Desde entonces, políticos de todos los pelajes se acogen a esta separación instrumental cuyo representante más emblemático fue Pilatos cuando, al juzgar a Jesús, se lavó las manos y preguntó “…¿Y qué es la verdad?” (Jn, 18,38).

Se llega así a una democracia de rebajas, que no es sólo una democracia enferma sino enfermiza, es decir, causante de enfermedades en todos los órdenes sociales. Ortega y Gasset dedicó en 1917 un artículo para describir esta democracia, la llamó “morbosa” y distinguía entre un orden democrático de plebeyos y un orden democrático de señores.

Aunque no esté muy de moda este lenguaje, el primer tipo de orden sólo busca la nivelación de los privilegios, está basado en el resentimiento porque pretende “legitimar lo que hay de desigualdad en todos los hombres”. Es un orden de bajeza moral en el que no hay lugar para el discernimiento entre lo que es un reconocimiento o donación, un privilegio o conquista y un derecho. Un orden gestionado por abogadetes “resentidos” como los que en tiempos revolucionarios hostigaron a los pueblos hacia la revolución. Un orden donde las carboneras no deberían soñar con llegar a ser marquesas porque después de la Revolución “vamos a ser todos carboneros”.

El orden democrático de señores no es el orden de privilegios o prebendas anterior al estado de derecho. Ortega se refiere a un orden democrático que podríamos llamar “de señorío”, propio de ciudadanos de a pie, de gentes sencillas y del pueblo que tienen la condición de “señor”. El hombre de pueblo no se desprecia a sí mismo y aunque se sepa diferente no muerde su pecho con el venenoso resentimiento. Un orden que no dilapida el talento, la sensibilidad, la delicadeza y la altura cordial. Cuando este falta nos domina una ciudadanía de bárbaros y plebeyos." POdéis ver el artículo completo en
http://www.lasprovincias.es/valencia/prensa/20090712/valenciana/democracia-morbosa-20090712.html

domingo, 5 de julio de 2009

Vicios privados, virtudes públicas

"Hay etapas de la moral pública de los pueblos en las que resulta necesario reflexionar sobre la relación entre moral privada y moral pública. Son tiempos grises en la vida cotidiana donde las gentes andan desanimadas y desmoralizadas porque no encuentran en sus representantes sociales, políticos o culturales el liderazgo que necesitan para confiar en los asuntos públicos. Son tiempos en los que siempre vienen a la memoria aquellas páginas de Bernard Mandeville que llevaban por título La Fábula de las abejas y que se hicieron famosas por el subtítulo: Vicios privados y virtudes públicas.

Este moralista inglés de origen holandés recordaba al final de su obra que los vicios privados, manejados diestramente por un hábil político, pueden trocarse en beneficios públicos. Aunque la fórmula ya estaba presente en la ética de los pensadores griegos y latinos, Mandeville encontró a principios del siglo XVIII una exitosa paradoja de moral pública con la que Adam Smith y los economistas clásicos organizaron la economía pública.

Estos economistas no eran técnicos en matemáticas, álgebra y estadística. Tampoco eran expertos en Excel o alguno de los programas de simulación matemática con los que trabajan en las actuales escuelas de economía. Su pericia y arte no estaba en el conocimiento matemático sino en el conocimiento moral, es decir, en la reflexión que ofrecían sobre el funcionamiento de los sentimientos morales. No creían mucho en las especulaciones abstractas, se fiaban de la experiencia y de cierto sentido común. No evitaban la ironía, la sátira, la historia o las metáforas en sus narraciones y por ello algunos bibliotecarios actuales catalogarían estos libros en la Historia de la literatura y no en la Teoría económica.

Estos economistas estaban convencidos de que hay una relación directa entre la moral personal de los ciudadanos y la moral pública de los pueblos. Frente a los teóricos más constructivistas que establecen una clara frontera entre moral pública y moral privada, estos moralistas siempre nos recuerdan la continuidad de las dos morales y por eso algunas de las preguntas más complicadas y más trabajadas en todos los masters, postgrados y doctorados de economía moderna son “¿A quién le compraría usted un coche de segunda mano?”, “¿Elegiría como alcalde a quien no ha gestionado nunca bien una casa, una finca o una empresa?”

Además de habilidades matemáticas, técnicas administrativas y legislación financiera, el éxito de las escuelas de negocio se mide por la capacidad que los alumnos tienen para responder a preguntas de esa naturaleza. La respuesta más habitual que encontramos hoy en los manuales de ciencia política procede del mundo del Derecho y se establece claramente la distinción entre “moral pública” y “moral privada”.

La primera se confunde con la moral positiva y se confía en las leyes para evitar la corrupción, la mala gestión y la ausencia de cualquier tipo de control moral. En estos casos, los políticos que hacen las leyes y los técnicos que las aplican corren el peligro de identificar “moral pública” con “moral política”, como si todos los bienes, espacios y tiempos públicos de los ciudadanos tuvieran que estar tipificados por los políticos y los funcionarios.

La segunda se confunde con la psicología individual, así el mundo de las virtudes o vicios se convierte en un mundo arbitrario, subjetivo e irracional sobre el que no cabe ningún tipo de argumentación social o pública. Por eso es normal en el mundo de lo políticamente correcto que las conductas poco virtuosas sean descritas en términos de patología psiquiátrica o emocional para generar cierta compasión social. Un mundo donde la falta intencionada de transparencia, diligencia y virtud es descrita en términos de irregularidad contable o falta administrativa.

Lo malo no es que se haya roto esta continuidad que las gentes de buena voluntad comprueban sin haber estudiado demasiado. Lo realmente grave es que la clase política, la administración pública, la cultura económica y los medios de comunicación mantienen esta separación dejando el terreno del bien común en manos del normativismo leguleyo y del emotivismo psicológico.

En este sentido, el uso de fondos públicos para fines privados, el cobro de comisiones privadas en concursos públicos, y la gestión partidista de las cajas de ahorro públicas son pequeños ejemplos para comprobar que las inmoralidades manifiestas son catalogadas, lamentablemente, como irregularidades contables o trastornos emocionales. Una sociedad indiferente ante los vicios privados no debería sorprenderse si sus instituciones políticas y financieras no dan ejemplo de virtudes públicas." Artículo completo en http://www.lasprovincias.es/valencia/prensa/20090705/valenciana/vicios-privados-virtudes-publicas-20090705.html