Esta asociación de un partido con una marca
comercial es importante desde el punto de vista de la filosofía política porque
hoy los jefes de los partidos se abandonan a los asesores de mercadotecnica
electoral y terminan convirtiéndose en lo que llaman “líderes”, aunque quizá
deberíamos llamar frágiles figuras de porcelana comercial. Se ha visto cuando
las bases y militantes del PP denuncian el arriolismo en el que han caído los
dirigentes cuando se ponen en manos de las empresas de Pedro Arriola. Se ha comprobado
cuando los seguidores de partidos como Podemos
calculan milimétricamente la presencia de la marca en medios, los mensajes del
envoltorio y, sobre todo, los lemas comerciales con los que hacer seductor el
producto. Lo mismo sucede con el resto de partidos, lo vimos en el caso de
UPyD, en las jugadas de tiralíneas mediáticos como la realizada por Pedro
Sánchez para colocar a Ángel Gabilondo y lo estamos viendo en la consolidación
de Ciudadanos.
Si planteásemos la vida política en esta
clave, la filosofía política debería ser sustituida por la mercadotecnia
electoral y las creencias, valores o tradiciones deberían almidonarse arqueológicamente
en el baúl de los recuerdos. Hubo una primera transformación hace varias
décadas donde la filosofía política fue sustituida por la economía política y
todos los sucesores de Schumpeter tenían claro que sin la focalización de las
campañas en la ciudadanía económica era imposible una victoria. Ahora asistimos
a una segunda transformación en la que arrinconamos los modelos de ciudadanía
económica. Con ella, los jefes están obligados a tener muy pocas cosas claras,
ni siquiera tienen que plantearse principios, acuden a lugares comunes donde se
sitúan el adanismo indoloro, el buenismo incoloro y la insípida corrección
política.
Es difícil que la primavera política que llega
esté presidida por un verdadero debate de ideas. Sería una pena que los
ciudadanos asistiéramos impasibles a un lamentable conflicto de marcas,
productos y estrategias mercantiles, como si el reparto de papeles entre los
actores de la representación política se tuviera que hacer al margen de los
guionistas o el público. Las estrategias de marca son culturalmente necesarias
pero éticamente insuficientes. Y no sólo porque los partidos gestionan ocasionalmente
votos, sino porque -hasta ahora- parecía que vertebraban tradiciones, creencias
y valores." Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 29 de marzo de 2015.





