domingo, 30 de noviembre de 2014

Bioética y salud mental

"Los miembros del Comité de Ética del Hospital Clínico de Valencia no podíamos imaginarnos la favorable acogida que recibiría dedicar el pasado jueves 27 la VI Jornada Autonómica de Bioética al tema de la salud mental. En pocos días tuvimos que cerrar la lista de inscritos porque el salón de actos del Hospital de la Malvarrosa donde se celebró no puede acoger más de cien personas.

A coste cero organizamos una jornada para analizar los conflictos éticos que plantea la salud mental. Nunca pensamos en un acto político para que los representantes de la administración pudieran hacerse la foto, lo montamos para que los profesionales de atención primaria, especializada o domiciliaria intercambiaran experiencias y actualizaran cuestiones tan importantes como la evaluación de la competencia, el respeto a los derechos del paciente, la coordinación entre especialidades, el incremento de la judicialización de casos, el complejo papel de la familia o algo tan dramático como la estigmatización del enfermo.

En el recuerdo no sólo estaba presente la aportación del Padre Jofré y su protagonismo en la historia de la atención a personas con transtornos mentales, también estaba presente la imagen del gigantesco centro de Bétera como metáfora de una atención medicalizada que ponía todas las expectativas de curación mental en centros de internamiento. Poco duró este modelo porque se basaba en una psiquiatría paternalista que entró en crisis con la llegada del movimiento socio-sanitario de la anti-psiquiatría. Se producía así un cambio de enfoque donde la responsabilidad del psiquiatra y el centro de internamiento son sustituidas por equipos donde aparecen figuras nuevas como psicólogos, trabajadores sociales, terapeutas ocupacionales y, sobre todo, profesionales de la enfermería o los cuidados con nuevos perfiles de especialización.

La jornada tuvo tres momentos: en el primero se precisaron los aspectos legales y deontológicos, en el segundo analizamos la formas de entender el paternalismo en esta atención especializada. En el tercero se abordó la estigmaticación de unos pacientes con enfermedades mentales frecuentes como la hiperactividad o los déficit de atención, pacientes con problemas de integración social porque la medicalización y el tratamiento psico-farmacológico está asociado con su diferenciación social.

A pesar de que el paternalismo no goza de buena prensa, los profesionales de la jornada mostraron la necesidad de pensar de nuevo (y de forma no autoritaria) el principio de beneficencia. Un enfermo mental no es un simple expediente, usuario, cliente o paciente, sino un ciudadano dispuesto a hacer valer sus derechos, como nos recuerda el principio de autonomía. Ambos principios modulados por los de justicia y no maleficencia, para que los profesionales se guíen por la máxima bioética más importante: “Ante todo, no dañar”. Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 30 de noviembre de 2014.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Test para un político perfecto

"El pasado martes en los locales del Foro de Convivencia Manuel Broseta se celebró el II Foro ciudadano de Gandía. Ha sido una experiencia interesante donde los representantes del asociacionismo vecinal, técnicos de las administraciones públicas y políticos de la zona se han planteado cómo incrementar los niveles de participación cívica. Se trata de un problema que está condicionando todos los niveles de la agenda política y que a escala municipal resulta significativo porque en los pueblos son más importantes las personas que los partidos.

Me invitaron a describir el contexto de una ética pública en el que debe basarse la gestión política del futuro y en las preguntas descubrí no sólo los niveles de insatisfacción o descontento cívico que muestran las encuestas, sino las ganas de reinventar la política. Algo que técnicamente podemos llamar un retorno de lo político con mayúsculas frente la política con minúsculas, es decir, un retorno de la corresponsabilidad cívica por los asuntos públicos frente a la simple gestión administrativa.

En ese clima de diálogo vecinal analizamos las características de un buen político. No lo hicimos para ayudar a los políticos profesionales que redactan la selectividad de sus candidatos, nos limitamos a intercambiar un conjunto de ideas que podrían ser el test para un político perfecto. Deberíamos descartar a quienes:

1.- Hacen de la política su profesión, es decir, aquellos que no tienen una ocupación, empleo o profesión antes de tener cargos públicos. En terminología de Max Weber, no valdrían personas que “viven de” la política, que hacen del oficio político su único y exclusivo medio de vida.

2.- No tienen experiencia de dirección, gestión y administración de recursos públicos. La gestión de un casal fallero, una asociación de vecinos, una comunidad de propietarios, un centro educativo, una organización cívica o simplemente una institución proporciona unas competencias imprescindibles para la vida política.

3.- No tienen un mínimo de cultura general. No se trata de exigir un conocimiento enciclopédico, tampoco un máster en liderazgo político o gobernanza global. Exigimos que cuiden el lenguaje, conozcan la historia de las constituciones de su pueblo o que redacten una norma, una enmienda o simplemente un documento administrativo coherente.

4.- No tienen resiliencia, es decir, quienes son incapaces de resistir integrando la adversidad y soportar la crítica del enemigo, del adversario o del compañero de partido. Una cualidad imprescindible con la que gestionar asertivamente convicciones, ideales y altura de miras.

5.- Emplean los fines de semana para los actos políticos porque tienen un sentido utilitario de la vida, muestran que no valoran la vida familiar, no disponen de tiempo para sus hijos y, sobre todo, porque no tienen sentido comunitario de la fiesta." Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 23 de noviembre de 2014.

domingo, 16 de noviembre de 2014

El destino del bachillerato

"La directora de secundaria del Colegio de la Anunciación de Valencia ha tenido una iniciativa interesante: ofrecer a los alumnos de bachillerato un encuentro con profesionales de diferentes sectores de la sociedad civil para que conozcan la diversidad de estudios universitarios y descubran la posibilidad de vivir con moderada plenitud una vida profesional. A lo largo de todo el curso irán pasando por estas aulas profesionales del mundo de la economía, la sanidad o la educación.

Poco le ha importado al equipo directivo alterar los horarios, romper con la rutina y convocar a los diferentes cursos en un modesto gimnasio que hace las veces de salón de actos. Están convencidos de que hay actividades educativas que merecen la pena con independencia de las programaciones, del juicio administrativo que emitan los inspectores, y hasta de la valoración sindical o política que realicen las autoridades. No han tenido miedo a marcar diferencias con otros centros y quieren dejar muy claro a la comunidad educativa que el contacto directo de los alumnos con profesionales de la sociedad civil puede enriquecerles.

Me pidieron que iniciara este tipo de encuentros y les transmití una idea muy clara: los años de bachillerato son determinantes en el proceso de maduración. Más de una vez le oí decir a personajes como José Luis López Aranguren o Julián Marías que no somos de donde nos vinieron a nacer sino de aquel lugar donde hemos hecho el bachillerato. Tenían razón estos maestros, son años determinantes en los procesos de socialización juvenil: marcan el tránsito de la adolescencia a la juventud, de la vida familiar privada a la vida social o pública, de una instrucción obligatoria a una formación voluntariamente elegida.

Esto lo sabían bien quienes propusieron la reforma educativa de los años setenta del siglo pasado cuando vertebraron la formación de estos años con la formación en humanidades clásicas. La Filosofía y otras disciplinas humanísticas desempeñaban en el bachillerato un papel nuclear que la LOGSE, la LOE y la LOMCE han pervertido miserablemente. Ahora el bachillerato es una etapa donde la neurosis de los controles y las notas dificulta una verdadera formación humanística. No hay tiempo para disfrutar y leer a los clásicos de la cultura o el pensamiento, sólo hay tiempo para preparar una
absurda selectividad que infantiliza todas las programaciones. El COU embruteció el BUP y ahora los dos años de Bachillerato no se utilizan para madurar sino para competir, discriminar y simplificar las capacidades.

Los clásicos del bachillerato ayudaban a tener disciplina, método en el trabajo y una capacidad para la lectura empática que facilitaba la comprensión de cualquier texto. También ayudaban a distanciarse del brumoso presente, conquistar un juicio propio, proyectarse en el tiempo y, a veces, rozar el mundo de los sueños." Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 16 de noviembre de 2014.


domingo, 9 de noviembre de 2014

El muro y las libertades

"La publicación del barómetro del CIS ha coincidido con las conmemoraciones del 25 aniversario de la demolición del Muro de Berlín. Al mismo tiempo que la opinión pública acoge favorablemente cierto populismo que se anuncia en el horizonte electoral, algunas instituciones públicas celebran un aniversario con el que emergió la Europa que ahora conocemos.

En la conmemoración organizada por la UIMP, donde hemos elegido seis películas del siglo XX para recordar lo que significó la caída del muro, uno de los asistentes al coloquio se quejó porque aludíamos en el programa a la mitificación del comunismo. A su juicio, los procesos de mitificación son procesos de falseamiento y distorsión de la realidad, como si el uso que hacíamos del término fuera para presentar una imagen distorsionada del comunismo. Le aclaré que no pretendíamos distorsionar o falsificar la realidad social del comunismo. Nuestra pretensión era comenzar un ciclo de cine mostrando que algunas películas idealizaron la revolución de Octubre y lo que significó en el imaginario mundial. Cuando en 1929 Eisenstein dirigió Lo viejo y lo nuevo estaba indicando que el comunismo abría la posibilidad de un mundo nuevo, aparentemente racional e industrial, frente a un mundo viejo, aparentemente oscurantista y ancestral.

La aclaración abrió una polémica que se ha mantenido en la proyección de todas las películas. Las expectativas con unas generaciones que acogieron positivamente los procesos revolucionarios chocan con las experiencias de intransigencia, totalitarismo y represión de otras generaciones que aún nos acompañan. La proyección de películas como Katyn o de La vida de los otros no ha dejado indiferente a nadie y ha orientado los coloquios hacia la libertad. Mejor dicho, hacia las libertades en plural porque en los regímenes del otro lado del telón de acero la libertad  con mayúsculas era una referencia formal, hegeliana y pequeñoburguesa. Incluso se planteaba como una alusión falsa y no científica porque el determinismo positivista era la doctrina oficial. Un determinismo que no era una simple opinión, o la doctrina de un partido entre otros, era la doctrina única, del partido único, de la ciencia única, de la verdad única.

En su simplificación calculada de los mensajes, los populismos tienden a retomar los valores revolucionarios en singular y sin matices. De esta forma, las libertades en plural pasan a un segundo plano, como si el milenarismo comunista que anunciaba el paraíso pudiera construirse de nuevo. Con ello se instalan en el espacio público unos lenguajes y unas prácticas maniqueas donde el diálogo entre adversarios es sustituido por la dialéctica partisana de amigos y enemigos. Hoy celebramos el comienzo de una aventura política nueva y frágil. Aventura discutible y cuestionable, precisamente por nutrirse de libertades en plural." Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 9 de noviembre de 2014.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Corrupción y democracia


"Dentro de las fórmulas para atajar la corrupción no es habitual plantear la necesidad de revisar las convicciones éticas. Para unos, el problema se soluciona con mayores controles administrativos y facilitando medios para reformar una justicia lenta. Para otros, terminando con el sector público y dejando en manos de la mano invisible del mercado la posibilidad de establecer una moral natural no alterada por la clase política y funcionarial. Tampoco faltan quienes se consuelan porque no estamos tan mal en el mapamundi de la corrupción, recordando que según datos recientes de Transparencia Internacional, nuestro país ocupa el puesto 30 entre los 178 analizados.

La corrupción tiene una dimensión antropológica relacionada con la altura moral de las personas, es decir, con su ejemplaridad, honradez y práctica de la virtud. No basta un planteamiento penal, normativo o administrativo, hace falta un cambio cultural y personal, una conversión de corazón, un cambio de mirada, una revolución interior. Nuestra democracia tiene un problema estructural porque ha dado la espalda a la coherencia moral de los responsables públicos, como si la calidad de la democracia dependiera únicamente de los controles administrativos y las leyes, es decir, de factores externos y conductuales. Como si fuera un problema de irregularidades administrativas, incorrecciones procedimentales, inocencias perdonables o de malas prácticas de cargos públicos ingenuos, cuando se trata de un perversión de la palabra y del don que son el pegamento de los pueblos.

Durante más de tres décadas hemos construido un lenguaje político desprovisto de energía moral interior. En la vida política y académica de estos años a ningún analista de la democracia o político en activo se le ocurría usar términos relacionados con la moral judeo-cristiana. Términos como culpa, tentación, perdón, enmienda o penitencia han sido desterrados de los manuales de ciencia política porque no eran políticamente correctos; con ello, al cambiar el agua de la bañera se nos ha ido también la criatura por el desagüe. Recordemos la facilidad con la que nuestra clase política distingue entre vida privada y vida pública, como si una cultura de la argumentación moral o la rendición de cuentas afectase únicamente a la vida pública.

Esta esquizofrenia ha generado cierta hipocresía social porque ha focalizado la atención en la disciplina de partido, el “cumplo-y-miento” de la legalidad y los tiempos administrativos. Mientras tanto, las vidas privadas son éticamente intocables o arbitrarias, protegidas por los nuevos dioses de la mala psicología. Al pensar las tentaciones del poder, Havel sostiene: “mienten quienes afirman que la política es algo sucio. La política es un trabajo que requiere hombres genuinamente puros, puesto que al desarrollarlo podemos ensuciarnos moralmente con especial facilidad.” Podéis leer el artículo completo en Las Provincias, 2 de noviembre de 2014.