domingo, 17 de septiembre de 2017

El derecho y la ilusión

Hace unos días el Ministerio de Defensa y la UIMP organizaron un curso sobre ciber-seguridad y ciber-inteligencia en la era de la información. Se trataba de un curso para incrementar la cooperación entre estudiantes, expertos y responsables de la defensa, entendida esta en su más amplio sentido. Además de analizar el nuevo contexto internacional y los retos que plantean las tecnologías de la información, los expertos presentaron las numerosas oportunidades profesionales que las cuestiones de seguridad y defensa tienen para los universitarios.

Lo sorprendente no vino por el hecho de que los responsables de grandes empresas de ingeniería y seguridad estuvieran pensando en estudiantes de las Universidades Politécnicas, es decir, que estuvieran focalizando su interés en la selección de telecos, matemáticos o especialistas en gestión de datos o capacitación de hackers. Vino por el hecho de que las cuestiones biológicas, ecológicas y bioéticas emergieran en el debate porque con la nueva revolución que se avecina los desafíos de la ciber-seguridad o ciber-inteligencia son problemas relacionados con la Genética, Genómica, la Biología y la Medicina. Los desafios de la nanotecnología en su alianza con las ciencias de la vida están modificando radicalmente el concepto de “naturaleza humana”.

Esta constatación que analizamos todos los años en clase de Bioética cuando recordamos la famosa máxima de Stephen Toulmin, quien dijo que “La Bioética salvará a la Ética”, también ha centrado los últimos trabajos de Habermas cuando ha llamado la atención a la comunidad científica porque está en peligro el futuro de la naturaleza humana. La convergencia de estos desafíos bioéticos con los biotécnológicos relacionados con la inteligencia artificial nos obliga a construir una nueva disciplina que recibirá el nombre de “Biociberética”.


Además de esta convergencia de problemas que abre nuevas oportunidades profesionales, el profesor Florentino Portero recordó que en los temas de ciberseguridad o ciberinteligencia los problemas son más complejos de lo que parece y se exige un planteamiento realista. Y añadió dos elementos importantes que escucharon con atención todos los generales y altos cargos del Ministerio de Defensa. Uno: en las cuestiones de ciberseguridad y ciberinteligencia no son suficientes los técnicos jurídicos, necesitamos una generación de políticos que hagan pedagogía. Recordó al Ortega de los años veinte y reclamó una nueva generación de políticos que no fueran únicamente letrados o abogados del estado con capacidad para enrrocarse en el Derecho. Dos: pedía que los líderes políticos ejercieran como tales y tuvieran capacidad para ilusionar a los ciudadanos. Sin cierta ilusión nunca se encontrarán argumentos para fomentar la resiliencia. Una categoría clave para aguantar los golpes y resistir las adversidades. Podéis ver el artículo completo en Las Provincias: http://www.lasprovincias.es/comunitat/opinion/derecho-ilusion-20170917235101-ntvo.html

Curso nuevo en tiempos viejos

Septiembre y Enero son los meses de las buenas intenciones, es la primera lección en toda facultad de marketing. Los expertos en consumo preparan las campañas de estos meses invitándonos siempre a comenzar de nuevo. Con independencia de lo que haya sucedido el año anterior o durante todo el verano, ha llegado la hora de poner a cero el cuentakilómetros de las buenas intenciones: volver a renovar la inscripción del gimnasio, realizar la matrícula del inglés, renovar la ficha de yoga, llamar al voluntariado para que cuenten con nosotros o comenzar alguna de esas colecciones tan atractivas que nos anuncian en la televisión. ¡Tiempos de suscripciones y ofertas que no se vuelven a repetir!

Una y otra vez volvemos a caer en los mismos errores de siempre porque sabemos que al final no podremos con todo. Creemos que nos conocemos lo suficiente para estar en todos los frentes y luego tenemos mala conciencia porque no llegamos. Hemos reducido nuestra vida personal a una sucesión de actividades intensas que nos impiden degustar el aroma del tiempo. Decimos que no hay tiempo que perder y cumplimos a rajatabla los imperativos de la vita activa y del animal laborans. Vivimos aceleradamente a golpe de campañas publicitarias y se nos fuerza continuamente a elegir, a optar, a hacer “zapping” de la vida, como si tuviéramos que estar optando en cada momento, eligiendo en cada instante y decidiéndonos por todo o ante todos. 

Esta pasión por la ocupación permanente y la actividad continuada puede suponer un olvido de la vida contemplativa, como si la demora, el detenerse y la quietud en el tiempo estuvieran mal consideradas en nuestra vida cotidiana. Y lo peor de todo no es este olvido de la vida contemplativa en nuestras intensas agendas, sino la organización de la vida familiar en términos de aceleración y activismo. Por ejemplo, la jornada escolar de nuestros hijos está cada vez más repleta de actividades complementarias, no sólo los apuntamos al inglés, la música o los deportes, sino que además pretendemos que vayan a catequesis, jueguen con sus amigos, tengan tiempo para ver alguna serie y para colmo...¡que hagan los deberes!

Cada año cometemos los mismos errores y parecemos Sísifos encadenados al activismo y sin tiempo para la demora, el detenerse y la quietud. ¿De qué nos ha valido hacer el Camino de Santiago si volvemos a lo mismo? ¿De qué nos ha valido ese productivo perder el tiempo con los hijos de este verano si luego seguimos todos tan activos? No nos damos cuenta que esta aceleración nos instala en la superficie de la actualidad pero dificulta la intensidad, la profundidad y la comprensión de todos los miembros de la familia. Sería bueno que el curso nuevo también empezara con tiempos nuevos. Si durante las vacaciones hemos descubierto un sentido nuevo tiempo que rompe con la aceleración, la dispersión y el activismo, ¿Por qué no aplicarlo al nuevo curso? ¿Es posible equilibrar la vida activa con la vida contemplativa?

Lo más curioso de este proceso que se repite siempre al comienzo de cada temporada no es la resignación o el realismo con el que afrontamos los resultados. Aunque no terminemos el curso al que nos hemos matriculado, aunque dejemos a medias las sesiones del gimnasio, aunque no podamos hacer todo lo que teníamos previsto, aunque dejemos a medias todas las colecciones que hayamos iniciado, lo realmente sorprendente estos días es la fuerza de nuestra intención. Aunque sepamos que la vida activa nos atrapa y seduce, la vida contemplativa se abre paso cada temporada como una renovada posibilidad. La chispa de las buenas intenciones aparece fugazmente cada temporada como un deseo fundacional, como la posibilidad de encontrar un centro de gravedad que limite los ajetreos, la aceleración, la dispersión; un centro de gravedad que, si no nos facilita la orientación y el sentido, al menos nos evite deambular o vagabundear de presente en presente. Quizá sea el centro de gravedad que hace nuevos todos los cursos." Podéis ver el art completo en: http://entreparentesis.org/curso-nuevo-tiempos-viejos/


domingo, 10 de septiembre de 2017

De niña a mujer

El conseller Marzá ha presentado las cifras de su departamento para el nuevo curso con una desorganizada e improvisada puesta en escena llena de datos seductores. Se ha permitido el lujo de expresar la confianza de que nadie quiera “alterar la normalidad del inicio de curso”, incluso ha resumido su intervención con un titular del manual que conservan en los cajones de Campanar: “El alumnado es el centro”.

Aprovechándose de la poca memoria de la opinión pública, de las pocas ganas de beligerancia que tiene la comunidad educativa, del estancamiento nacional del pacto educativo, de la confortabilidad administrativa de los correligionarios y de la seguridad que proporcionan los aliados del Botanic, el conseller se muestra como un aplicado alumno de Maquiavelo. Se ha dejado las deportivas en su casa y está descubriendo la necesidad de adaptarse a las exigencias de los guiones administrativos porque una cosa es gritar en la oposición y otra cosa es dialogar en la administración.

En lugar de pisar los charcos conflictivos que le han llevado a ser el servicio público más judicializado y con más quejas pendientes de los ciudadanos, se ha refugiado en el periodístico arte de las cifras. Ha dicho que se ha incrementado un 12% la inversión por alumno, que un 21% más de los alumnos se han beneficiado de las becas de comedor, que hay 16 centros educativos nuevos, que se ha incrementado un 75% la provisión de plazas de profesorado de refuerzo, que habrá un 29% del profesorado, que se convocarán 3000 plazas de oposiciones, que se han incrementado las becas, que se ha consolidado Xarxa libres.

No ha dicho nada de la empobrecedora igualdad de oportunidades que maneja, del “curriculum oculto” que hay en el plurilingüismo de sus huestes, del desconcierto en los servicios territoriales de inspección, de los cambios de plantillas en determinadas áreas y del intencional desprecio a una concertada excluida intencionadamente de la administración en determinadas normativas. Miente cuando dice que los públicos llegan a pueblos donde los concertados no se instalan, como si estuviera dispuesto a consentir que una confesión religiosa, una cooperativa o un grupo de padres creara un proyecto educativo de servicio público. Tampoco ha dicho nada sobre cómo piensa afrontar el perfil de los profesores y programaciones educativas de las nuevas confesiones religiosas.

No ha desvelado qué necesidad real tiene la sociedad de una “Nueva Ley valenciana de Educación” cuando no sabemos si su pulmón pancatalanista continuará el discurso desintegrador de España y si excluirá la cooperación público-privada como ya hacen en otros servicios. Parece afrontar el otoño madurando como político, mostrando que se ha hecho mayor. Como dice la canción de Julio Iglesias:  “y es que el alma le estaba cambiando de niña a mujer”. Podéis ver el artículo completo en http://www.lasprovincias.es/comunitat/opinion/nina-mujer-20170910111809-nt.html


El oficio de oyente en la era digital

"Entre las múltiples que titulaciones que se les ofrecen a los estudiantes cuando terminan la selectividad no hay ninguna que los capacite para el oficio de “oyente”. Tampoco hay un colegio profesional que cuide del que parece ser uno de los oficios con más futuro de la era digital. Falta saber si esta ocupación dará para ganarse la vida de una manera decente porque aún no sabemos de nadie que haya colocado una placa en la puerta de su casa anunciando: “Juan García. Oyente profesional. Colegiado número: 1234. Horario: mañanas de 10 a 14, tardes de 17 a 19”.


No se sorprenda el lector porque todo llegará. De hecho, este año en Valencia hemos abierto en el Centro Arrupe un “Centro de Escucha”. Lleva el nombre de “Centro de Escucha San Camilo” por tratarse de una iniciativa conjunta entre los jesuitas y los religiosos Camilos. Apoyada por el Centro de Humanización de la Salud que tienen estos religiosos en Tres Cantos (Madrid) y el Centro Arrupe de Valencia, esta iniciativa de J. C. Bermejo e Ignacio Dinnbier se ha materializado después de dos años en los que un buen grupo de voluntarios se ha formado como “oyentes”.

Ahora me dirán ustedes que si son voluntarios quienes ejercerán de “oyentes” no tendríamos que hablar de “oficio” sino de “actividad altruista”. Quizá tengan razón porque ninguno de los voluntarios que prestan sus servicios se gana la vida como oyente. Dirán, incluso, que se han entrenado sin ninguna intencionalidad pecuniaria o lucrativa porque lo han planteado como actividad caritativa o benévola con las que hacer sencilla y llanamente algo por los demás. En lugar de apuntarse en los grupos de 15M, administrar su indignación implicándose con los grupos que piden Democracia-Real-Ya y gestionar la revolución pendiente, han decidido oficiar como escuchas.

Hace más de un siglo, los primeros profesionales que aplicaron los datos de las ciencias para estudiar la acción, la conducta o la mente humana no imaginaban que terminarían como psicólogos “profesionales”, con su colegio profesional, sus códigos deontológicos y sus cuotas mensuales. Y qué decir de otros oficios que hasta hace dos días no existían y serán los primeros puestos de trabajo que ocupen muchos de nuestros hijos como orientadores, trabajadores sociales, educadores sociales, mediadores o “técnicos en igualdad de género”. Tendremos que acostumbrarnos a estos nuevos oficios y quizá entre ellos, dentro de unos años, destacará con luz propia el de “oyente”.

En el último capítulo de su libro “La expulsión de lo distinto”, el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han, afirma: “En el futuro habrá, posiblemente, una profesión que se llamará  “oyente””. El capítulo lleva por título “Escuchar” y en él analiza lo que podrían ser las características de quienes quieran desempeñar este oficio. Las enumero brevemente para que no pierdan detalle:

  1. Escuchar no es un acto pasivo, sino una actividad humana que consiste en dar la bienvenida al otro, es decir, afirmar al otro en su alteridad.
  2. Escuchar es un prestar, un dar y, por tanto, un don. La escucha antecede al habla. Escuchar es lo único que hace que el otro hable.
  3. Escuchar es una invitación a que el otro hable, liberándolo para su alteridad. El oyente actúa de caja de resonancia en la que el otro “se libera hablando”. Por eso escuchar no sólo tiene una función terapéutica sino salutífera, es decir, generadora de salud.
  4. Debemos distinguir entre un silencio analítico y un silencio hospitalario. Mientras que el primero consiste en tomar nota de lo que el otro dice para no perder nada de sus expresiones, el segundo consiste acoger cada una de las expresiones del otro. Escuchar no es solo oir atentamente sino acoger hospitalaria y ceremoniosamente al otro cuando nos habla.
  5. La acogida hospitalaria debe tener el ritmo del arte respiratorio, se trata de albergar y proteger al otro. El oyente no se anexiona al otro sino que se vacía para custodiarlo.
  6. La actitud más propia del oyente es la paciencia. La pasividad de la paciencia es la primera máxima de la escucha.
  7. Escuchar es ponerse a merced del otro, por eso “Quedar a merced” es una expresión que resume bien otra máxima de la escucha.
  8. Sin la presencia del otro, la comunicación degenera en intercambio más o menos acelerado de información, no hay relación, tan solo conexión.
  9. Estamos conectados con mucha gente a través de las redes pero nos relacionamos cada vez con menos profundidad. Hay conexión pero no hay cercanía ni vecindad.
  10. Sin vecindad, relación y escucha no hay comunidad. La verdadera comunidad de comunicación no es aquella donde todos hablan, todos intercambian expresiones y todos están conectados. La verdadera comunidad sanadora de comunicación es aquella que son capaces de formar el conjunto de  oyentes.
  
Ahora cada lector debería leer con cuidado estos puntos y, si tiene hijos o esposa, preguntarse en algún momento si estos otros familiares y más próximos tienen razón, o no, cuando dicen: “…¡Es que no me escuchas”!" 
Podéis ver el artículo completo en: http://entreparentesis.org/oficio-oyente-la-digital/