"Hace unos días, un amigo me invitó a escribir un artículo sobre los felices noventa. Tenía en la cabeza los felices años veinte cuando la sociedad americana aún no sabía que unos años más tarde vendrían la crisis del 29 y los preparativos para una guerra. No se refería sólo a la década de los noventa cuando terminábamos el siglo XX, extendía el significado de su expresión a los primeros años de este siglo XXI, justo antes de la actual crisis. Era mucho más que una década o un período de tiempo, era una vida pública caracterizada por el crecimiento económico, el alegre gasto público y el convencimiento de que la cultura del bienestar promovida por el estado del bienestar se habían instalado para siempre entre nosotros.Teníamos en la mente escenas de aquellos tiempos y recordó una que puede ser representativa. Contaba que fue invitado a uno de los barcos de la Copa América que se celebró en el puerto de Valencia y no le sirvieron agua. Era más fácil beber cava o cualquier otra bebida que un vaso de agua. Durante ese tiempo gran parte de la clase política y la sociedad en general vivía por
encima de sus posibilidades. Los unos porque desconocían la historia e ignoraban que el crecimiento económico sin cohesión social anticipaba desajustes, los otros porque recibíamos dinero fácil de los bancos y confiábamos nuestra suerte a un bienestar consumista avalado por cierto clientelismo electorero.
Quienes ahora dicen que los ajustes y recortes tienen que venir se amparan en estos felices años donde se vivía por encima de nuestras posibilidades. Esto no es del todo cierto y bastará con tirar de hemeroteca para comprobar que las posibilidades estaban desigualmente repartidas. No
siempre se legisló con la responsabilidad deseable, reformaban los estatutos de autonomía como si la clase política fuera propietaria de los ríos, las aguas y los mares, incluso algunos
parlamentos establecieron cláusulas para disponer de los mayores techos competenciales posibles.
Era un tiempo con mentalidad de nuevos ricos donde los parlamentos centrales diseñaban las mejores leyes posibles que debían pagar más tarde las autonomías. En políticas sociales recordemos el consenso que generó la Ley del menor o la Ley de Dependencia, normas aprobadas con el consenso sin pensar cómo aplicarlas porque se redactaron con un absurdo pero irresponsable principio: yo invito, tú pagas." Podéis ver el artículo completo en Las provincias, 27/VII/2012.


