"Es habitual en el debate político la confusión
entre los deseos y los derechos. Hace algunos años se decía que los niños
tenían derecho a ser felices y ahora se oye con frecuencia decir que se tiene
derecho a la salud, al cambio de sexo, a la maternidad, a ser ayudado
médicamente en el suicidio, o a cualquier otra pretensión culturalmente
legítima pero que no contempla la declaración de los derechos humanos. Tanta
importancia tiene ahora la cultura de los derechos que una de las primeras
lecciones consiste en advertir a los alumnos que la declaración de los derechos
humanos no es una barita mágica con la que realizar deseos.
Tanto ha calado en la opinión pública la idea
de que los deseos pueden convertirse en leyes que los propios partidos son
incapaces de distinguir entre salud y atención sanitaria, entre terapia génica
y eugenesia, o incluso entre ayudar a morir sin dolor y facilitar la muerte. En
el fondo, no se han pensado bien las relaciones entre los derechos humanos y la
naturaleza humana. Y ello lo comprobamos cada día cuando se aplica la cultura
de los derechos a los problemas ecológicos o medioambientales. Se habla con
ligereza del derecho a un medio ambiente limpio o se atribuyen derechos a los animales,
confundiendo radicalmente el mundo del valor y lo valioso, con el mundo de los
derechos humanos.
Esta confusión de planos entre los deseos y
las leyes irá cada día en aumento porque hay un olvido de lo que en la historia
del derecho y la filosofía llamábamos “naturaleza humana”. Ahora bien, esta
naturaleza que las facultades de derecho han expulsado por la puerta
suprimiendo el “derecho natural” está volviendo por la ventana con la
aplicación de técnicas de mejora humana, las biotecnologías de la reproducción
o la conexión del cerebro a productos de Inteligencia artificial. Con la
llegada del Transhumanismo como filosofía que supera el antiguo humanismo, que
aún enraizaba la vida humana en la naturaleza, parece que el programa de los
deseos está a punto de convertirse en ley.
El tema no ha hecho más que comenzar y el
profesor Grégor Puppink acaba de ofrecernos una interesante investigación que
analiza esta evolución de los derechos humanos que comenzaron al servicio de la
naturaleza humana y ahora parecen ponerse al servicio de cualquier deseo. Esta
desnaturalización facilita poco la credibilidad de una declaración de derechos
humanos que surgió precisamente para que la ley limitara los deseos del poder o
las mayorías. El libro no tiene desperdicio y lleva el sugerente título “Mi
deseo es la ley”." Podéis ver el artículo completo en: https://www.lasprovincias.es/comunitat/opinion/deseo-20200223235011-ntvo.html


