"Esta semana los alumnos me pedían que hiciera
una lectura de la nueva situación política. En pocas horas el gobierno bonito de
Sánchez ha sustituido al gobierno aburrido de Rajoy. La clase tenía su expectación
y morbo porque estamos tratando los diferentes modelos de democracia liberal en
sociedades abiertas, pluralistas y, como dice Bauman, “líquidas”. Tocaba democracia
“pluralista” pero no entré en detalles para contarles las ideas básicas aquél
famoso libro que publicó el profesor Peces-Barba sobre el valor “pluralismo” en
la Constitución Española de 1978.
Este título preliminar nos recuerda que el
“pluralismo político” es uno de los valores superiores. No se refiere al
pluralismo “moral” como coexistencia de diversidad de opiniones, juicios o
tradiciones. A diferencia de sociedades “monistas” en las que hay un único
código moral impuesto, el pluralismo moral describe sociedades abiertas en las
que coexisten varios códigos morales o ideales de vida buena. Fruto del pluralismo
“moral” aparece el pluralismo “político”, articulando la diversidad en el nivel
institucional del poder, es decir, entre las instituciones sociales, políticas
y económicas. En concreto, describe la articulación de las convicciones en diferentes
movimientos, partidos o grupos de poder. El desafío de la convivencia está en
la gestión, administración y articulación de esta diversidad. Y la tarea de una
ética democrática está, precisamente, en la articulación competitiva y consentida
de esta diversidad. Como en una orquesta, el viento, la cuerda o la percusión
pueden componer una bella melodía si la diversidad se armoniza, equilibra y
articula.
Aplicado a la vida cotidiana, comprobamos que ambos
pluralismos requieren una radical voluntad de verdad. Por eso, el desafío moral
no está en el hecho de la coexistencia sino en la posibilidad de convivir para ir
buscando juntos, en clave machadiana, la verdad. Así, quienes engañan, mienten
y traicionan proporcionan un flaco favor a la convivencia porque disgregan,
liquidan los vínculos y entronizan un desvigorizante egoísmo. Cuando las mentiras,
engaños y traiciones maceran la vida parlamentaria disponemos de poca
ejemplaridad para prestigiar la necesaria y noble profesión política.
El problema se agrava cuando, según algunos
teóricos contemporáneos de la democracia, la verdad y la justicia no tienen por
qué converger. Entonces los alumnos preguntan sorprendidos cómo hacer
comprensible la decisión de cinco diputados que donde habían dicho digo ahora
dicen Diego. Aunque políticamente decimos que ha sido una decisión legítima y
correcta, éticamente nos cuesta trabajo reconocer que es una decisión buena. Cuando
comprobemos la fragilidad del gobierno y pretendamos incrementar la calidad de
nuestras instituciones recordaremos aquella frase de Escipión: “Roma
traditoribus non praemiat”." Podéis ver el artículo completo en


