"El juicio al ex presidente Francisco Camps debería ser estudiado con detalle en todas las facultades de comunicación. El veredicto del jurado popular expresa la justicia de los tribunales y la justicia de uno de los tres poderes de las democracias modernas: el poder judicial. Montesquieu se limitó a exigir la separación del poder ejecutivo, el legislativo y el judicial sin caer en la cuenta de que estaba surgiendo un nuevo poder de mayor trascendencia moral que los anteriores: el poder informativo.Hoy los tres poderes tradicionales saben que los equilibrios necesarios para su separación dependen del poder informativo. Ninguna teoría de la democracia se construye al margen del poder informativo y nadie es capaz de pensar la vida cotidiana de las sociedades abiertas y democráticas sin el cuarto poder. Aunque los veredictos judiciales determinen la culpabilidad o inocencia de un acusado, hay un código penal informativo que se está empezando a construir en las últimas décadas, un nuevo código presidido por la pena del telediario. Quienes tienen la responsabilidad de producir, editar y dirigir un telediario saben que si condenan a una persona a la pena del telediario su vida nunca será igual.
Si a la pena del telediario se le une la pena del titular de primera página, el afectado no sólo dejará de ser un ciudadano con derechos sino que se convertirá en un deplorable ejemplo para la amnésica e irreflexiva ciudadanía televisiva. Ni el mejor de los abogados, ni la mejor campaña de imagen podrá devolverle la inocencia. Si a ello añadimos la pena de las tertulias donde diariamente se realizan comentarios verbales sobre indicios, rumores, cortinas de humo, juicios irreflexivos o se siembran dudas sobre la honorabilidad de un personaje público, resulta que convertimos al ser humano que hay debajo de todo personaje público en estropajo, disponible únicamente como carne de terapeuta.
Cuando se aplican sin piedad estas penas, no sólo hacemos un flaco favor a la anémica ética democrática sino que destruimos la sagrada presunción de inocencia. Es muy fácil destrozar informativamente a una persona y resulta casi imposible reponerla informativamente en su dignidad. Hay daños humanos irreparables y las empresas periodísticas podrían evitar malas prácticas calibrando mejor sus responsabilidades. Ningún poder se libra de su perversión y el caso Camps también debería servir para plantear los límites de la omnipotente justicia informativa." Tenéis el artículo completo en Las Provincias, 27/01/2012.


