"En las huelgas generales la opinión pública no sólo padece una guerra de cifras sino de interpretaciones. Resulta curioso comprobar que pocas lecturas van al fondo del asunto, se conforman con saber si ha sido un éxito o un fracaso, si ha sido pacífica o violenta, si ha sido oportuna o intempestiva, si ha resultado útil para desgastar gobiernos o inútil porque ha dejado las cosas igual.Toda huelga tiene una interpretación maquiavélica porque es un ejercicio de presión política. En esta, aún no sabemos si ha sido bendecida por el gobierno porque la presión recibida en la calle le ha servido para obtener el pedigree o músculo de la gobernanza en los despachos de Bruselas. Las huelgas son una prueba de mayoría de edad para los gobiernos, un rito iniciático para pasar de adolescencia a la madurez
En primavera también hay una interpretación nietzscheana. Ni los convocantes ni quienes les autorizan parecen interesados en la verdad, todo son declaraciones para los medios, protestas llenas de escenificaciones coloristas o maquillaje mediático, y las correspondientes peleas corporativas. Si no fuera por la mediación de la violencia que transforma en sacrificial la representación, hablaríamos de una mascarada espectacular. El sindicalismo más negociador afila maniquéamente sus dientes de la misma forma que los políticos más cerebrales son arrastrados por sus más epidérmicas pasiones.
Cuando la huelga es general siempre es posible una interpretación socrática realizada por el ciudadano medio que se encuentra preplejo ante tanta sofística. De la misma forma que Sócrates fue condenado a beber la cicuta porque prefirió ser víctima de una injusticia antes que cometerla, el ciudadano medio prefiere ser víctima de las injusticias reales que ve cuando los piquetes no sólo informan sino que agreden, cuando los cuerpos de seguridad no les defienden porque obedecen órdenes, o cuando los políticos se arrodillan ante los polifémicos dioses financieros.
También hay una interpretación marxista, desconocida por sindicalistas y políticos profesionales. Para ello hay que valorar el trabajo como actividad que dignifica, capacita y genera valor. Para ello hay que pensar las nuevas formas de trabajo y, sobre todo, el nuevo perfil de un trabajador joven, explotable, despedible y sobradamente preparado que es pura mano-de-obra. Si la reforma del gobierno no pasa la prueba de esta interpretación estará condenada al fracaso porque nuestros hijos siguen en casa, sin huelga y sin trabajo." Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 30/III/2012.


