Se distribuye gratuitamente en un alarde de
generosidad poco habitual entre los profesionales del sector bancario. Los
mismos profesionales que siempre abundan en argumentos para justificar los
abusos legales de las comisiones, los mismos profesionales que derrochan
simpatía cuando llevas dinero o que se compadecen resignadamente contigo cuando
pagas hipoteca, seguros, impuestos, préstamos o abusivos intereses. Unos profesionales
cuya media de edad ha bajado considerablemente y que, por lo tanto, carecen de
memoria para recordar la función de los calendarios en la vida cotidiana de los
ciudadanos.
Difícilmente saben lo que es el calendario
Zaragozano o los calendarios promocionales que regalaban las (buenas) empresas
antes de la crisis. Eran calendarios llenos de información, no sólo indicaban
la llegada de las estaciones, los ciclos de la luna o las fiestas
tradicionales. Cada día indicaban el momento preciso del año en el que nos
encontrábamos. Los buenos calendarios no
sólo mostraban el santo del día, sino todo el santoral de ese día. Tanto es así
que cuando nuestros antepasados pensaban el nombre de los hijos, el calendario
era una referencia básica en los alumbramientos. Aunque no hubiera libros,
teléfonos o papeles, en los hogares más humildes nunca faltaba un calendario
con el que gestionar biología, biografía y meteorología.
Este año el calendario de Bankia hará
historia. Lo único bueno son las doce tipográficamente insignificantes frases
de los trabajadores que ilustran cada uno de los meses. Pero, ¡qué digo yo con
ilustrar! Si no hay ninguna imagen y los tonos son fríos, plomizos y grises.
Con independencia de la edad de los clientes todos nos hemos quejado de un
calendario ostentosamente simple, cromáticamente plomizo y semánticamente
inútil. No sólo carece de información relevante o de imágenes decorativas,
carece de garra y fuerza tipográfica, como si los días estuvieran puestos sin
convicción. Tendrían que haber visto la expresiva cara de los abuelos que lo
abrieron delante de mí, más que la alegría por un regalo mostraban la
resignación de un castigo." Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 27 de diciembre de 2013.






