"Cuando la campaña electoral está en marcha y las
encuestas anuncian una polarización, voy a revisar el abanico de motivaciones
que mueven al voto. No me refiero a la participación política en sentido amplio
o la implicación cívica en organizaciones sociales, me refiero al conjunto de
motivaciones que operan para decidir. En algunos países se
vota por imperativo
legal. El voto es obligatorio para todos los ciudadanos mayores de edad. Aunque
no quieran, los ciudadanos están obligados a votar por imperativo legal. La no
participación está penalizada porque el ejercicio de la ciudadanía se vincula
al deber de votar. El ciudadano no puede plantearse el ejercicio del voto como
un deseo cívico, se le impone como imperativo legal.
Aunque parezcan ya viejos, los nuevos partidos
han puesto en marcha el
voto por rebeldía. Ciudadanos y Podemos han
reencantado el panorama político y con ello han despertado el deseo, la ilusión
y la reacción de una ciudadanía aletargada. No es un voto reaccionario pero si
es un
voto por reacción ante la pendiente resbaladiza del desencantamiento
cívico.
Frente a estos, algunos han puesto en marcha
lo que Hans Jonas ha llamado “la heurística del miedo”. Con las fotografías de
los supermercados en Venezuela, la alusión a la “cal viva” y la enumeración de
las amistades peligrosas de algunos candidatos, la activación del miedo será un
factor determinante. Algunos trasvases de votos que se están produciendo y que
determinarán el nuevo escenario se explican porque el ciudadano no quiere los
experimentos. Tenemos que contar con el voto por miedo.
La mayor parte de los candidatos quieren que
nos identifiquemos con sus propuestas y reclaman un voto por convicción. Se
esfuerzan para ofrecer un conjunto atractivo de propuestas. Este esquema
motivacional responde a una estructura neuronal que moviliza los dos lóbulos
cerebrales que intervienen en la decisión: el cognitivo calculador y el emotivo
dinamizador. Este esquema tiene otras variantes en el voto por tradición o el voto
por valores. El ejercicio de votar expresa el deseo de mantener en el tiempo una
tradición social, política y cultural.
Una variante pragmática y schumpeteriana de la
anterior es el voto por interés o conveniencia.
El votante expresa preferencias, muestra determinados intereses y se sitúa
instrumentalmente ante la vida. Los partidos no sólo expresan orientaciones de
valor y sentido ante la vida sino que canalizan soluciones técnicas a problemas
prácticos.
Hoy triunfa el voto por descarte. Un esquema
motivacional donde seleccionamos un partido no porque nos representa o
convence, sino porque hay otros que nos convencen menos. Aplicamos la
estrategia del mal menor y tranquilizamos nuestra conciencia eligiendo la
opción menos mala. Quizá también sea verdad que en toda opción puede haber
algún elemento positivo." Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 12 de junio de 2016.