"Hace unas horas, la Iglesia ha hecho pública
la encíclica del Papa Francisco
Laudato
si; un texto que aparece con un subtítulo muy significativo: “sobre el
cuidado de la casa común”. Mientras la opinión pública desgrana con detalle
cada uno de los seis extensos capítulos que la integran, es bueno que nos
fijemos en el nuevo horizonte doctrinal que se nos abre.
En principio, el Papa Francisco se inscribe
explícitamente en un horizonte franciscano.
El hecho de que haya elegido como título de la encíclica las dos
primeras palabras del Cántico de las criaturas de San Francisco de Asís es una
señal evidente de la tradición ecológica en la que quiere inscribirse. Por si
había alguna duda, las dos oraciones que propone al final tienen el aire de
familia del mismo Cántico. Este horizonte franciscano explícito no debería
interpretarse de forma nostálgica como una vuelta romántica a lo que podríamos
llamar “antiguos” planteamientos franciscanos. Estamos ante una renovación
radical del productivo horizonte franciscano y por eso debemos hablar de una
nueva ecología franciscana. Sin evitar el doble sentido de la expresión
“ecología franciscana”, estamos en el horizonte de la primera ecología que puso
en marcha Francisco de Asís y se nos plantea desarrollarla en el siglo XXI
porque el poder del sistema socio-científico-tecnológico ha cambiado
radicalmente la relación entre Naturaleza y Cultura, Naturaleza y Gracia,
Creación y Redención.
Desde las primeras líneas de la encíclica
Francisco deja claro que no está reivindicando una ecología epidérmica,
cosmética, pajarera o romántica. Muestra claramente la continuidad de sus
reflexiones con las Pablo VI, Juan Pablo II o Benedicto XVI, sobre todo en la
crítica a lo que filosóficamente llamaríamos racionalidad instrumental. En los
sesenta y setenta la Iglesia denunció la actividad incontrolada del ser humano,
la degradación de la naturaleza y las catástrofes ecológicas que llegarían; en
los ochenta y noventa se reclamó una conversión ecológica global incidiendo en
las deficiencias del modelo de producción y consumo o la consolidación de
estructuras contrarias a la dignidad humana.
La tradición franciscana es muy clara: el
libro de la naturaleza es uno e indivisible. Además, la libertad humana no puede
plantearse de espaldas a la categoría central y nuclear de todas las éticas
contemporáneas: “el imperativo de responsabilidad”. La voluntad humana, el
horizonte de los deseos y las circunstancias de la autonomía moral no pueden
plantearse de espaldas a la naturaleza. En este sentido, la nueva ecología
franciscana no puede ser leída en términos simplificadores de “encíclica
verde”, estamos ante nuevos desafíos que no son únicamente antropológicos sino “antroponómicos”.
La nueva ecología franciscana transforma la antropología de la vieja antropología
franciscana.
La ecología ya no puede ser pensada sin una
antropología normativa, es decir, sin una reconstrucción integral de todas las
dimensiones de la vida moral. Atentos al adjetivo “integral” porque es una de
las claves más interesantes de la encíclica. No estamos ante una antropología
naturalista o espiritualista sino ante una antropología normativa como la
desarrollada por el personalismo comunitario del siglo XX al que Francisco hace
un guiño determinante cuando se remite a Romano Guardini repetidas veces o la
Filosofía de la voluntad de Paul Ricoeur en la nota 59. Como dirían algunos
periodistas: “ojo al dato”.
Este sentido normativo de la antropología
exige una reconstrucción un sentido originario de la ética y la economía, es
decir, una apelación a la raíz común de las actividades relacionadas con la
gestión de la “la casa” en todos sus niveles o escalas. “Oikos” es el término
griego que traducimos por “casa” y del que históricamente derivarán economía,
ecología o el propio término ética. Cuando apelamos a estas raíces comunes es
comprensible la utilización de términos como “familia humana” o “casa común”.
La nueva ecología franciscana nos lanza el desafío de la habitabilidad integral
del planeta para frenar la aparentemente irremediable cultura del descarte.
Francisco no está reclamando una nueva
ascética, deja muy claro desde el principio de sus reflexiones que su nueva
ecología no consiste simplemente en “renunciar”. El paso del consumo al sacrificio
pide que se interprete en términos de comunión y distribución, no en términos
de mecánica renuncia. Reclama promover el don y la donación, entender el mundo
como sacramento de comunión. Una cultura de la responsabilidad y la donación
que no puede plantearse únicamente en términos “micro”, es decir, en términos
de primer persona. Una renovación radical en todas las escalas que incluya el
nivel “meso” y el nivel “macro”. Además de la persona (micro) tiene que afectar
a las organizaciones (meso), a la comunidad internacional (macro).
La llamada de Francisco es “urgente”, como si
en la nueva ecología el mañana siempre fuera tarde. Lo repite en el epígrafe 13 y 14, está en
juego el futuro del planeta. No pide que nos quedemos en los efectos o la epidermis
sino que vayamos a las causas del deterioro ecológico. Pide dar un paso más,
“un paso adelante” (par. 15) en la línea de la acción, del diálogo y algo que
resultará muy productivo para todos los educadores, en el cambio de
motivaciones y en la promoción de un camino educativo. Es la oportunidad de una
educación ambiental que no se reduzca el ambientalismo, la ecología profunda,
la ecología superficial o la simple moda de lo verde.
Son muchos los temas planteados y en otras
entradas podremos analizarlos con calma. Incluso hay una apelación radical a un
modo de entender las relaciones entre Naturaleza y Cultura donde tienen un
lugar privilegiado la Belleza, las artes, y entre todas las artes la Música
porque supone una relación integral con todo lo creado. Por eso, os dejo con el
vídeo de la “Nana para un niño suerte” que nos reclama con urgencia hacer una
casa común:
Podéis ver el artículo completo en www.entreparentesis.org