"Pocas horas antes de que llegara nominalmente la
primavera, el coordinador general del PP presentó la próxima convención que el
partido tendrá el primer fin de semana de Abril en Sevilla. La novedad no estaba
en el lema, la ciudad o las ideas sino en la elección de la encina como árbol
que, a partir de ahora, representará al partido. No se eligió el almendro y los
frutales, que estos días perfuman ambientes y llenan de color los campos, sino
la encina, un árbol discreto, resistente, de verdes enebro y casi inasequible
al desaliento de los cambios climáticos.
El giro del aznarismo al marianismo no podía
ser completo sin un cambio de logo. No bastó el cambio que enjaulaba la gaviota
dentro del círculo blanco, porque la militancia aún se identificaba con la
herencia de Aznar. Ahora, las desmemoriadas élites populares pueden presumir de
que son mayores de edad, de que han “matado” al padre que dirían los freudianos,
de que tienen vida propia. Lo pueden hacer porque tienen un logo nuevo. Lo
pueden hacer eligiendo uno de los árboles más emblemáticos de la península
ibérica: el “quercus ilex”, un árbol milenario, recio, adusto, sufrido,
resistente, adaptadizo, monótono, agrario y anodino.
Aunque se ha presentado con tecnología y
diseño digital, la encina pertenece a la estética de los tiempos analógicos. El
coordinador Maillo lo ha escenificado como símbolo que representa la
protección, la vida, la fuerza y el arraigo de una organización que, como la
encina, está por todos los rincones de España. Desde la dehesa extremeña al
bosque mediterráneo, ningún árbol representa mejor las virtudes del partido:
estabilidad, consistencia, equilibrio. También una imperturbable ataraxia
propia de quienes quieren autoafirmarse en la solidez de unas raíces históricas
que permitan resistir a estos tiempos de zozobra ideológica. Frente a una líquida
España digital de los colores cálidos, hay también una sólida España analógica
de marrones, azules y grises.
Para evitar que la nueva identidad no esté en
lo viejo de la encina, el tronco y las ramas se han triangulado de forma
cristalográfica para simbolizar gentes y proyectos, partes y todos, individuos
y pueblos. Fórmula elegante y posmoderna con la que se evita entrar de lleno en
universo de las ideas, el dinamismo de las tradiciones, el vigor de los valores
y los sueños del regeneracionismo lúcido que necesitamos para los nuevos
tiempos. Si la encina resiste todas las estaciones del año con una presencia
discreta, firme, pública y serena es porque representa la fidelidad creadora.
Por eso el teólogo Olegario González de Cardedal escribió, allá por 1973, el
famoso libro “Elogio de la encina”. No es un manual de cosmética política o ingeniería
demoscópica sino un brillante ensayo de teología política que las élites
populares podrían leer con provecho esta Semana de Pasión."Podéis ver el artículo completo en: http://www.lasprovincias.es/comunitat/opinion/elogio-encina-20180325000956-ntvo.html



