La responsabilidad institucional y política de
los partidos se pondrá a prueba ante esta filosofía de la reforma y emergerán
los problemas identitarios. Lo estamos viendo con la gestión del catalanismo
político, lo veremos con el valencianismo político y lo veremos en cada rincón
de nuestro país donde haya alguna tradición cultural con voluntad de poder.
Esta voluntad de poder se planteaba el siglo pasado en términos regionales y
nacionales. Así quedó plasmada cuando decimos “nación de nacionalidades” y
cuando reconocemos cierto valor a la fórmula política “estado autonómico”.
Todas las tradiciones culturales han tenido ocasión de transformarse en
tradiciones políticas al medir su voluntad de poder.
El producto político que generan las identidades
es complejo y los partidos deberían reconocer que ya no se gestionan como el
siglo pasado. Todavía quedan entre los cuadros de los partidos inteligencias
simples que reducen el debate a una negociación sobre el bienestar o sobre la
neutridad o asepsia del Derecho, como si junto a la Economía o el Derecho no
tuviéramos que contar con la Cultura, es decir, con las tradiciones, los
valores y la pluralidad de ofertas se sentido capaces de movilizar y configurar
la vida de gentes, que no aspiran sólo a sobrevivir o coexistir sino a
convivir.
Hoy lo planteamos técnicamente como un
problema de reconocimiento de identidades y no sólo como un problema de
voluntad de poder. De hecho la gestión política de la diversidad ha
condicionado todo el debate político contemporáneo, unas veces como políticas
de la diferencia, otras como políticas de reconocimiento y siempre como
correcciones o rectificaciones del liberalismo tradicional (Rawls). En el
debate en torno al multiculturalismo de los años noventa, Walzer distinguía
entre un “liberalismo 1” ajeno a las diferencias y un “liberalismo 2” que las
integra. Incluso el propio Habermas participó este debate con dos términos
importantes “patriotismo constitucional” e “identidades post-nacionales”.
En los argumentos soberanistas, nacionalistas
y federalistas encontraremos apelaciones identitarias. Frente a las identidades
cerradas o sustancialistas y la identidades vaporosas o indeterminadas
culturalmente, Paul Ricoeur puso el dedo en la llaga: necesitamos identidades
narrativas que nos ayuden a construir atractivos relatos de convivencia." Podéis ver el artículo completo en Las Provincias 27 de septiembre de 2015.



