Aún es pronto para analizar sus lecciones en la
historia del siglo XX, donde ha tenido tres perfiles. Algunos miembros de la
generación de los vencedores que se instaló en la España de la postguerra y sospechaba
de todo lo que viniera más allá de los Pirineos lo catalogaban como traidor. Ni pactista, ni progresista, ni
reformista; su forma abierta, esperanzada y flexible de interpretar las
convicciones no agradaba. Su sensibilidad social, su vocación de servicio
público y su flexibilidad moral eran interpretadas como traición.
Para otros, tenía el perfil de un chusquero de la política, es decir, alguien
que ha transitado desde lo más bajo hasta lo más alto sudando todos los
peldaños de la organización. Es importante señalar que la usaban sin acritud muchos
compañeros de su generación para describirle como figura sin linaje o pedigree político que procedía de
provincias. Ahora bien, otros se lo arrojaban con un tono despectivo e hiriente,
el mismo que utilizaban para llamarle tahúr del Missippi con chaleco floreado,
regentador de güisquería o afeminado de derechas. Lindezas todas estas que
pueden comprobarse en el diario de sesiones de las Cortes, usadas habitualmente
por destacados socialistas en activo que ahora lamentan su muerte con lágrimas
de cocodrilo y hasta el mismo año 1986 le llegaron a llamar golfo.
Para la mayoría de los españoles tenía el
perfil de buen maestro de la vida
pública. Siempre entendió que el Estado, las leyes y la administración tienen
que estar al servicio de los valores cívicos, es decir, al servicio de una
sociedad cada vez más abierta y justa. Si se idealiza su figura o se mitifica
su ejemplaridad es porque su magisterio sigue vivo en esta convicción
originaria que guió su trayectoria, no
confundir nunca la sociedad con el estado, lo público con lo político." Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 28 de marzo de 2014.



