viernes, 28 de marzo de 2014

Tres perfiles de Adolfo Suárez

"La providencia ha querido que Adolfo Suárez nos dejara el mismo día 23 de marzo en el que celebrábamos el centenario de la famosa conferencia de José Ortega y Gasset en el teatro de la Comedia que llevaba por título Vieja y Nueva política. Cien años después de que Ortega se diera de alta en la política, Suárez causaba baja definitiva. Mientras tanto, contemplamos perplejos que estas figuras pasan de puntillas en los manuales de pedagogía política, como si las nuevas generaciones estuvieran condenadas a no tener maestros.


Aún es pronto para analizar sus lecciones en la historia del siglo XX, donde ha tenido tres perfiles. Algunos miembros de la generación de los vencedores que se instaló en la España de la postguerra y sospechaba de todo lo que viniera más allá de los Pirineos lo catalogaban como traidor. Ni pactista, ni progresista, ni reformista; su forma abierta, esperanzada y flexible de interpretar las convicciones no agradaba. Su sensibilidad social, su vocación de servicio público y su flexibilidad moral eran interpretadas como traición.   

Para otros, tenía el perfil de un chusquero de la política, es decir, alguien que ha transitado desde lo más bajo hasta lo más alto sudando todos los peldaños de la organización. Es importante señalar que la usaban sin acritud muchos compañeros de su generación para describirle como figura sin linaje o pedigree político que procedía de provincias. Ahora bien, otros se lo arrojaban con un tono despectivo e hiriente, el mismo que utilizaban para llamarle tahúr del Missippi con chaleco floreado, regentador de güisquería o afeminado de derechas. Lindezas todas estas que pueden comprobarse en el diario de sesiones de las Cortes, usadas habitualmente por destacados socialistas en activo que ahora lamentan su muerte con lágrimas de cocodrilo y hasta el mismo año 1986 le llegaron a llamar golfo.

Para la mayoría de los españoles tenía el perfil de buen maestro de la vida pública. Siempre entendió que el Estado, las leyes y la administración tienen que estar al servicio de los valores cívicos, es decir, al servicio de una sociedad cada vez más abierta y justa. Si se idealiza su figura o se mitifica su ejemplaridad es porque su magisterio sigue vivo en esta convicción originaria que guió su trayectoria,  no confundir nunca la sociedad con el estado, lo público con lo político." Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 28 de marzo de 2014.

viernes, 21 de marzo de 2014

El valor cívico del silencio

"La llegada de la primavera es un acontecimiento sorprendente que nos anuncian los almendros cuando salimos a los campos o el embriagador aroma del azahar que desprenden los naranjos en flor. Se trata de un acontecimiento celebrado con fiestas donde la música desempeña un papel importante. En algunos rituales festivos, el concepto de música es tan amplio que hasta el estruendo de los petardos o el tecno-ruido de la disco-móvil se cataloga como elemento musical necesario. En este sentido, para muchos vecinos, la primavera comienza cuando terminan estos rituales festivos, como si la llegada de la primavera no tuviera nada que ver con el ruido sino con el silencio, como si la verdadera primavera llegara con lo que Simon y Garfunkel llamaban los sonidos del silencio.

El silencio debería ser considerado como valor estratégico para medir la calidad de vida en una ciudad. En la carrera que han emprendido las ciudades para atraer el talento y la inteligencia deberían contabilizarse los espacios públicos que favorecen el silencio, las iniciativas públicas que lo promuevan y la capacidad de los responsables públicos para escucharse entre sí. No se trata sólo de instalar pavimento fonoabsorbente para amortiguar el ruido del tráfico, tampoco de promover el aislamiento acústico de las viviendas. Se trata de considerar el silencio como valor cívico que facilita la escucha, la receptividad, la lucidez, la atención y la capacidad para el recogimiento.

Hasta ahora, los expertos que miden los niveles de inteligencia en una ciudad y las catalogan como smart city utilizan un concepto restringido y pobre de sostenibilidad. La miden en términos informacionales, energéticos, equipacionales o incluso educativos. En ningún momento se han planteado la necesidad de considerar el silencio como criterio para medir el grado de civilidad, civismo o ciudadanía. Ahora es un lujo cívico que se pueden permitir pocas personas porque el tsunami de estímulos urbanos atrofia nuestra capacidad para la escucha de nosotros mismos y de los demás.

Dentro de unos años, la atracción del talento y la inteligencia estarán relacionados con la capacidad que tenga una ciudad para incentivar, promover y valorar el silencio. Aunque tenga una dimensión individual y su cultivo dependa de la voluntad personal, hay una dimensión pública a la que deberíamos prestar mayor atención. Y proponer iniciativas nuevas que fomenten los espacios de silencio como primaverales espacios sostenibles de hospitalidad cívica." Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 21 de marzo de 2014.

sábado, 15 de marzo de 2014

Fallas y patrimonio inmaterial

"Esta semana la alcaldesa de Valencia anunció que el Ministerio de Cultura le requirió que  actualizara la documentación para reconocer las Fallas como patrimonio inmaterial de la humanidad. Es una importante decisión que la Unesco debe tomar según las propuestas que realizan los expertos que componen este organismo intergubernamental. Se trata de una distinción que no sólo afecta a espacios, territorios o lugares de un valor cultural excepcional, como puede ser el caso de ruinas, monumentos o hábitats biológicos de especial valor arqueológico o ecológico. Se trata de un concepto dinámico y vital de patrimonio que incluye las tradiciones vivas de los pueblos.


Este concepto de tradición viva es uno de los criterios que se utilizan para conceder la distinción. Se habla de tradiciones vivas relacionadas con determinadas ideas, creencias y trabajos artísticos o literarios con destacada significación universal. Es probable que muchos ciudadanos, incomodados por el corte anticipado de las calles y el despotismo con el que las comisiones falleras gestionan los espacios públicos, no estén de acuerdo con lo del patrimonio inmaterial: los monumentos, ruidos y casetas se convierten en obstáculos físicos indiscutibles. Y si no, que le pregunten a Montoro y los hombres de negro por el carácter físico y material de las facturas. Este año parece ser que se esperarán a que terminen las fallas para rastrear facturas de iluminación, floristería, grúas, pirotécnica, buñuelos y arroz amb fesols y naps. Tienen claro que la inmaterialidad del patrimonio no debería ser incompatible con la materialidad de las contabilidades.

Como patrimonio inmaterial, la Unesco fija su atención en algo que nunca podrán analizar en tablas de Excel los burócratas, los hombres de negro y los expertos en prosaica contabilidad numérica: la fuerza, el vigor y el entusiasmo de una sociedad civil que se renueva cada primavera junto al Mediterráneo. Hay un patrimonio cívico difícil de cuantificar y medir; un patrimonio de experiencia acumulada, lleno de luces y sombras, donde los vecinos que componen los casales practican cierta amistad cívica, un bien escaso en sociedades individualizadas y atomizadas. Algún día, los expertos en contabilidad cortoplacista deberían cuantificar las horas de trabajo empleadas para mantener un casal, plantar un monumento fallero con ilusión vecinal y, sobre todo, entrenarse en la gimnasia cívica de la ayuda mutua. Cuando un artista fallero nos represente ese personaje será nombrado, por unanimidad, ninot indultar. Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 14 marzo de 2014.
  

viernes, 7 de marzo de 2014

El descubrimiento de la silla

 "Unas horas antes de que se presentara en el hospital de la Ribera el nuevo TAC simulador de cuatro dimensiones empezábamos en Valencia un curso de Bioética Narrativa . Durante tres días profesionales de la sanidad, el derecho y las humanidades analizamos el papel de las novelas, el cine, las narraciones y, en general, los relatos de ficción en la atención socio-sanitaria. Estos dos acontecimientos casi simultáneos  deberían servir para analizar los cambios que se están produciendo no sólo en la vida diaria de los hospitales y ambulatorios, sino en la formación permanente de los profesionales de la sanidad.

La llegada del TAC-Simulador es un recurso de gran valor para precisar el diagnóstico tumoral. Este aparato ofrece enormes posibilidades para realizar biopsias y tratamientos mínimamente invasivos. Se trata de una herramienta sorprendente que deja atrás modelos anteriores de simuladores y con la que antes o después tendremos que dotar todos los centros sanitarios. Es probable que para su uso no necesitemos médicos, enfermeros o auxiliares, sino expertos especializados en radiodiagnóstico que con pericia manejen la técnica y hábilmente puedan conseguir las 16 imágenes axiales de 0,75 milímetros. Expertos en imágenes sin rostro que pertenecen a expedientes digitalizados de clientes o usuarios del lugar para el que trabajan.

Quizá no tengan que ver sangre o heridas, ni siquiera el cuerpo de la camilla que entra en el simulador. No necesitarán saber la edad o el nombre de la persona. Su competencia se medirá por el número de expedientes capaces de procesar y la precisión de las imágenes que son capaces de tomar. Lo recogerán en tablas de Excel y conseguirán optimizar los recursos minimizando gastos o maximizando oportunidades terapéuticas. Aunque representen la imagen de la última generación en los avances tecnológicos, de nada nos valen si no mejoramos la confianza y comunicación con los pacientes.

La bioética narrativa analiza la formación y comunicación sanitaria para recuperar esta confianza entre pacientes y profesionales. Recursos como el cine, las novelas y las series de televisión son herramientas valiosas para la humanización, personalización o mejora de la atención sanitarias. Aunque la tecnología sea necesaria, sigue siendo insuficiente para curar y cuidar. Recordemos la anécdota que contaba Laín Entralgo de Gregorio Marañón, cuando a éste le preguntaban por el mayor descubrimiento de la medicina para sanar a los enfermos, siempre decía lo mismo: la silla." Podéis encontrar el artículo completo en Las Provincias, 7 de marzo de 2014.