domingo, 25 de junio de 2017

Uribe y Macron

"El pasado jueves coincidieron en la opinión pública dos acontecimientos importantes. Por un lado, el presidente francés Emmanuel Macron concedió una entrevista a ocho diarios europeos dando algunas claves de su geopolítica. Por otro, el que fuera presidente de Colombia, y ahora senador, Álvaro Uribe, impartió una conferencia en el Ateneo de Valencia presentado por Jaime Mayor Oreja. Como titular de la Cátedra Tomás Moro, Mayor Oreja invitó a Uribe para que inaugurase el Foro de Valores con el que esta cátedra universitaria quiere ofrecer respuestas de vigor ético a la vida democrática.


Aunque Uribe ilustró su conferencia con algunos casos de su trayectoria política, el tema de su intervención no fue la situación de Colombia, sino la presentación de una teoría del liderazgo que combina, a partes iguales, competencia, honestidad y energía. Completó este planteamiento inicial con elementos de otros teóricos del liderazgo que, partiendo de la centralidad de la confianza, señalan que tienen que ser cuatro, y no tres, las características de un buen líder político: relaciones humanas, congruencia, competencia y consistencia.

Aunque no faltarán quienes piensen que estas reflexiones tienen la finalidad de justificar algunas prácticas políticas, el discurso fue sincero y presentaba una dosis de autenticidad que le proporcionaba un valor indiscutible. Si a ello añadimos el ejercicio práctico de liderazgo con el que se forzó con el referéndum la revisión del tratado de paz del pasado año, entonces no fueron sus palabras sino su testimonio el que conmovió al auditorio.

En las conversaciones posteriores, además de la situación de Colombia apareció la incipiente figura de Macron. Precisamente un día en el que, con su entrevista, mostraba tres claves de su liderazgo. En primer lugar, la movilización política tiene su base en los imaginarios, esto es, en lo que tanto el pragmatismo americano como Ortega llamaba el mundo de las ideas y creencias. No es Occidente lo que está en crisis, sino “el imaginario occidental”, no es Putin el problema, sino “el imaginario ruso”. Por eso recuerda en la entrevista que además de convencer hay que hacer soñar.

En segundo lugar, las mayorías se consiguen movilizando las dinámicas de unas clases medias que han perdido la confianza en sí mismas, que deben movilizase contra los extremismos y contra la demagogia. Apela a un nuevo renacimiento de la democracia que no puede ser extrínseco al propio pueblo. En tercer lugar reclama una Europa comprometida con la libertad, que no tartamudee sino que proteja y defienda un concepto propio de justicia. Una justicia social renovada que luche eficazmente contra el terrorismo y simultáneamente se comprometa con el clima. Aunque sea claves complementarias a las anteriores, ambos políticos insisten que un liderazgo nunca se ejerce por decreto."Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 25 de junio de 2017.

El oficio de oyente en la era digital

"Entre las múltiples que titulaciones que se les ofrecen a los estudiantes cuando terminan la selectividad no hay ninguna que los capacite para el oficio de “oyente”. Tampoco hay un colegio profesional que cuide del que parece ser uno de los oficios con más futuro de la era digital. Falta saber si esta ocupación dará para ganarse la vida de una manera decente porque aún no sabemos de nadie que haya colocado una placa en la puerta de su casa anunciando: “Juan García. Oyente profesional. Colegiado número: 1234. Horario: mañanas de 10 a 14, tardes de 17 a 19”.

No se sorprenda el lector porque todo llegará. De hecho, este año en Valencia hemos abierto en el Centro Arrupe un “Centro de Escucha”. Lleva el nombre de “Centro de Escucha San Camilo” por tratarse de una iniciativa conjunta entre los jesuitas y los religiosos Camilos. Apoyada por el Centro de Humanización de la Salud que tienen estos religiosos en Tres Cantos (Madrid) y el Centro Arrupe de Valencia, esta iniciativa de J. C. Bermejo e Ignacio Dinnbier se ha materializado después de dos años en los que un buen grupo de voluntarios se ha formado como “oyentes”.

Ahora me dirán ustedes que si son voluntarios quienes ejercerán de “oyentes” no tendríamos que hablar de “oficio” sino de “actividad altruista”. Quizá tengan razón porque ninguno de los voluntarios que prestan sus servicios se gana la vida como oyente. Dirán, incluso, que se han entrenado sin ninguna intencionalidad pecuniaria o lucrativa porque lo han planteado como actividad caritativa o benévola con las que hacer sencilla y llanamente algo por los demás. En lugar de apuntarse en los grupos de 15M, administrar su indignación implicándose con los grupos que piden Democracia-Real-Ya y gestionar la revolución pendiente, han decidido oficiar como escuchas.

Hace más de un siglo, los primeros profesionales que aplicaron los datos de las ciencias para estudiar la acción, la conducta o la mente humana no imaginaban que terminarían como psicólogos “profesionales”, con su colegio profesional, sus códigos deontológicos y sus cuotas mensuales. Y qué decir de otros oficios que hasta hace dos días no existían y serán los primeros puestos de trabajo que ocupen muchos de nuestros hijos como orientadores, trabajadores sociales, educadores sociales, mediadores o “técnicos en igualdad de género”. Tendremos que acostumbrarnos a estos nuevos oficios y quizá entre ellos, dentro de unos años, destacará con luz propia el de “oyente”.

En el último capítulo de su libro La expulsión de lo distinto, el filósofo alemán de origen coreano Byung-Chul Han, afirma: “En el futuro habrá, posiblemente, una profesión que se llamará  “oyente””. El capítulo lleva por título “Escuchar” y en él analiza lo que podrían ser las características de quienes quieran desempeñar este oficio. Las enumero brevemente para que no pierdan detalle:

  1. Escuchar no es un acto pasivo, sino una actividad humana que consiste en dar la bienvenida al otro, es decir, afirmar al otro en su alteridad.
  2. Escuchar es un prestar, un dar y, por tanto, un don. La escucha antecede al habla. Escuchar es lo único que hace que el otro hable.
  3. Escuchar es una invitación a que el otro hable, liberándolo para su alteridad. El oyente actúa de caja de resonancia en la que el otro “se libera hablando”. Por eso escuchar no sólo tiene una función terapéutica sino salutífera, es decir, generadora de salud.
  4. Debemos distinguir entre un silencio analítico y un silencio hospitalario. Mientras que el primero consiste en tomar nota de lo que el otro dice para no perder nada de sus expresiones, el segundo consiste acoger cada una de las expresiones del otro. Escuchar no es solo oir atentamente sino acoger hospitalaria y ceremoniosamente al otro cuando nos habla.
  5. La acogida hospitalaria debe tener el ritmo del arte respiratorio, se trata de albergar y proteger al otro. El oyente no se anexiona al otro sino que se vacía para custodiarlo.
  6. La actitud más propia del oyente es la paciencia. La pasividad de la paciencia es la primera máxima de la escucha.
  7. Escuchar es ponerse a merced del otro, por eso “Quedar a merced” es una expresión que resume bien otra máxima de la escucha.
  8. Sin la presencia del otro, la comunicación degenera en intercambio más o menos acelerado de información, no hay relación, tan solo conexión.
  9. Estamos conectados con mucha gente a través de las redes pero nos relacionamos cada vez con menos profundidad. Hay conexión pero no hay cercanía ni vecindad.
  10. Sin vecindad, relación y escucha no hay comunidad. La verdadera comunidad de comunicación no es aquella donde todos hablan, todos intercambian expresiones y todos están conectados. La verdadera comunidad sanadora de comunicación es aquella que son capaces de formar el conjunto de  oyentes.
  
Ahora cada lector debería leer con cuidado estos puntos y, si tiene hijos o esposa, preguntarse en algún momento si estos otros familiares y más próximos tienen razón, o no, cuando dicen: “…¡Es que no me escuchas”!

domingo, 18 de junio de 2017

La herencia del 77

"Han tenido que llegar prematuramente los calores del verano y la fallida moción de censura de Podemos para que nuestra memoria se refresque un poco con la conmemoración de los 40 años de las primeras elecciones democráticas. El pasado jueves día 15, casi toda la opinión pública nos recordaba la importancia de aquellas elecciones y el valioso papel que tuvo la clase política que protagonizó la transición. Llegó como un vigoroso soplo de aire fresco cuando los representantes teatrales de Podemos y sus socios, Compromís incluido, habían cerrado con llave la habitación y le habían quitado las pilas al mando del aire acondicionado para que la ciudadanía se achicharrara con su relato.


Han tenido que pasar cuatro décadas para que la sociedad española actualice aquella herencia del 77. Recordemos que en el 87 no hubo tiempo para la memoria porque el felipismo borró con un amnésico golpe de timón todo lo que significada la conciencia histórica de la transición. Tampoco en el 97 hubo tiempo para recordar porque la primera legislatura de Aznar quiso ser indolora y se instaló con tanta inocencia en la dinámica del bienestar que tiró por la borda lo que Lipovetsky llamó los órdenes superiores y sacrificiales. Si nos remitimos al 2007, incluso los más jóvenes recordarán que Zapatero pidió la retirada de las tropas y anuló “manu militari” la contrarreforma educativa que pretendía recuperar la cultura del esfuerzo, la evaluación y la memoria. Y además consiguió que la vida pública desvalorizara los ideales de abnegación y sacrificio para consolidar un tiempo posmoral con el que se ha normalizado en la vida pública cierta moral indolora “sin obligación ni sanción”.

Resulta sorprendente comprobar cómo, el aire fresco que la herencia del 77 puede generar, no se produce por la entronización del bienestar, el endiosamiento de los derechos subjetivos o la estimulación de los deseos inmediatos. Lo genera la necesidad de recuperar cierto sentido deportivo del deber y, sobre todo, cierta corresponsabilidad cuando miramos una vida pública que no sólo está contaminada por los casos de corrupción, sino por la exaltación mediática del mal gusto, la falta de conciencia histórica, y la ridiculización cultural de cualquier orden moral.

Cuando casi todos los políticos actúan únicamente con luces cortas y quieren deslumbrar al resto de actores, la herencia del 77 es refrescante porque instala en el debate público la necesidad de trabajar, también, con luces largas. No para generar una catarsis redentora con un relato apocalíptico y populista, sino para promover narrativas refrescantes que vacunen contra el cortoplacismo y la amnesia. Luces largas con las que descubrir y denunciar a quienes nos han encerrado sin aire, líderes sobrados de ensimismamiento y movilizados histriónicamente con una máxima clara: desguazar la convivencia." Podéis ver el artículo completo en: http://www.lasprovincias.es/comunitat/opinion/herencia-20170618001315-ntvo.html

domingo, 11 de junio de 2017

Gritar y Escuchar

"Hace unos días, el conseller Marzá aludía en las Cortes a que los reveses judiciales, los problemas del Consell y la presión social por la libertad educativa o la mala gestión de los centros de menores, les estaba produciendo “dolor”. Se apeaba violentamente del caballo de los héroes y mostraba que había entrado en el pantanoso territorio de los mortales. Algo parecido le ha sucedido a su jefa de formación, Mónica Oltra, cuando esta semana ha replicado de manera contundente a las críticas que le había lanzado su aliado populista en Madrid, Pablo Iglesias, porque no estaba dispuesta a apoyar la moción de censura desde Valencia. 


Estas eran las palabras exactas de Mónica Oltra: “…en política hay mucho ruido, se habla mucho y se escucha poco, tendríamos que aprender todos a escucharnos más”. Dio a entender que como su gestión y gobierno le ocupan toda la agenda, no tiene tiempo para hablar o escuchar a su aliado populista en Madrid. Cuando los profesionales del periodismo y las agencias tuvieron que escoger un titular, destacaron una última frase que puede encabezar cualquier manual de ética y política democrática: “tendríamos que aprender a escucharnos más”.

Cualquier lector mínimamente informado se sorprenderá y asombrará porque las declaraciones de este personaje suponen un giro copernicano en el perfil político de la formación. Los triunfos conseguidos con las diferentes marcas políticas no han procedido de la semántica del “escuchar” sino de la agitación callejera, del “camisetear” y de la pragmática del “gritar”. Por eso, el titular no sólo es sorprendente o asombroso sino alucinante, asociar estos liderazgos con todas las virtudes del escuchar resulta contradictorio, paradójico y, sobre todo, noticiable. El ecuador de la legislatura y el alambique administrativo generado con los otros socios del Botánico ha provocado, también, la entrada de la señora Oltra en el pantanoso territorio de los mortales que,  para convivir, practican el arte de la escucha.

Esta reivindicación de la escucha no puede ser leída únicamente en clave de titular alucinante. Si leen completas las declaraciones, comprobarán que no se refiere a la necesidad de escuchar “a todos”, sino escuchar solamente a quienes pueden ser aliados para conquistar cuota de poder (“escuchar-nos”). No asistimos a una conversión sincera a la ética de la escucha, estamos ante una conversión instrumental. No se reivindica la escucha como virtud en la vida política general, sino como herramienta de batalla para fortalecer las relaciones con los amigos y aplastar a los enemigos. Se reivindica la escucha teórica como un significante vacío que facilita la sintonía con auditorios populistas. Como ya sabe el socialismo valenciano, en el manual actualizado de estrategia populista no hay ningún respeto al socio o adversario, siempre es un enemigo." Podéis ver el artículo completo en Las provincias, 11 de junio de 2016.