jueves, 31 de mayo de 2012

La codicia y el pánico

"Invitado para participar en el XX Congreso Anual de la Red Europea para la Ética de los Negocios y Organizaciones, dentro de unos días volverá a Valencia el profesor Stefano Zamagni. Es uno de los economistas europeos de mayor prestigo y el investigador más relevante en la Economía Civil. Sus investigaciones muestran las deficiencias de un paradigma económico que tiene los pies de barro.

La Economía civil tiene como finalidad humanizar la economía y proporcionar realismo moral en una actividad humana que ha olvidado sus raíces antropológicas. Este paradigma tuvo su origen en el Tratado del Socorro de los Pobres que Luis Vives ofreció a la Reina Catalina para frenar la pobreza. Además de Vives y cierta tradición erasmista, estas reflexiones fueron desarrolladas por teólogos y juristas de la Escuela de Salamanca. Éticas que no olvidaban los sentimientos morales ni la estructura relacional de los negocios humanos. Los moralistas escoceses las conocían porque llegaron desde Lovaina, Brujas y Amberes. Sirvieron de base para que Adam Smith publicara en 1759 La teoría de los sentimientos morales.

Estas reflexiones fueron olvidadas y desplazadas por el paradigma utilitarista que desarrolló David Ricardo. Con él, el paradigma de los sentimientos, de la reciprocidad, de la relacionalidad y de la confianza es sustituido por el paradigma del cálculo de utilidades. Desde entonces, la ética económica se debate entre la eficiencia (que proporciona el mercado) y la equidad (que proporciona el estado). Algunos economistas del XVIII y XIX se resistieron a esta simplificación y pusieron en marcha organizaciones de ahorro popular y socorro contra los usureros prestamistas (Cajas y Montes de Piedad), sabían que la riqueza de las naciones estaba en sus sociedades, en la confianza y la calidad de las relaciones.

En su diagnóstico, Zamagni recuerda varias causas de la crisis. La primera, que en las tres últimas décadas la economía real se ha sometido a los instrumentos financieros; segunda que la crítica al estado intervencionista no puede ser utilizada para desprestigiar el estado regulador, y tercera, que vivimos en una economía “social” de mercado. Insiste que la eficiencia no es el último criterio de justificación de la economía porque con ello se legitima un modelo de racionalidad donde la codicia instala a la avaricia como virtud cívica. Mientras se mantenga esta matriz cultural, cuando cambia el ciclo económico la codicia es sustituida por el pánico." Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 1/VI/2012.

jueves, 24 de mayo de 2012

Presupuestos sin familia

"Esta semana se han debatido los presupuestos generales del Estado y en determinadas políticas públicas no se ha cambiado ni una coma. Resulta sorprendente que los ciudadanos hayan decidido cambiar el gobierno anterior y se siga manteniendo el mismo diseño ideológico en las políticas de familia e infancia. El imperativo de austeridad, la estrategia de recortes y la exigencia de equilibrio no es una excusa para desentenderse del compromiso que los populares tienen con sus votantes.

El tema no es nuevo y llueve sobre mojado. En los últimos congresos del PP no sólo se ha pasado de puntillas en las políticas de maternidad, familia o infancia sino que han sido fulminados quienes no compartían la ética pública de lo políticamente correcto con la que los señoritos de la derecha se hermanaban con los señoritos de la izquierda. Era tan importante el perfil de progresía política indolora que en los documentos congresuales y las argumentaciones públicas, los populares han presumido de ser más frívolos, libertinos e insustanciales que los socialistas. No sólo en cuestiones de política cultural sino en cuestiones de moral y costumbres. Acomplejados por desconocer la dimensión social del conservadurismo, el liberalismo o el humanismo cristiano, los representantes populares se han rendido ante lo que C. B. Macpherson llamaba la cultura política del individualismo posesivo.

En lugar de establecer distancias con este individualismo gregarista y con la tiranía de los mercados, los populares mantienen la misma política de familia. En lugar de aplicar la subsidiariedad, activar los recursos de la solidaridad familiar que perduran en España y aplicar una economía social de mercado, los populares se mantienen en la perspectiva de género, utilizan expresiones como parentalidad positiva para dejar de lado a padres-madres y siguen utilizando la expresión violencia de género cuando Naciones Unidas habla de violencia intrafamiliar o violencia contra las mujeres.

La única línea presupuestaria destinada explícitamente a las políticas de familia es la 231G-Atención a la infancia y las familias, en ella se expresa la voluntad de apoyar a la infancia y la familia… sin ninguna dotación presupuestaria. Los interesados por un estudio más detallado sobre la invisibilidad de la familia en los presupuestos pueden acudir al documento presentado estos días por la Fundación Acción Familiar, con él en la mano, muchos se preguntarán: ¿conoce el gobierno los beneficios que la familia genera para la sociedad?" Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 25/V/2012.

jueves, 17 de mayo de 2012

Evitar el desaliento

"Aunque la realidad no nos proporciona razones para el optimismo, es importante evitar el desaliento. Cuando se generaliza el desánimo porque la situación empeora y condenamos a los jóvenes al paro, es muy difícil que se produzca el crecimiento. Cuando vemos cómo se pierden ahorros, las pequeñas empresas que se ven obligadas a cerrar por absurdas presiones fiscales, financieras y sindicales; y sobre todo, cuando vemos la falta de ejemplaridad en la gestión, es muy difícil promover una cultura de la austeridad.

Hasta ahora, nos han hecho ver que las posibilidades del crecimiento estaban relacionadas con la austeridad. Decían que la austeridad era condición necesaria para el crecimiento; que sin recortes, planes de ajuste y cierres era imposible que fluyera el crédito, se incrementaran los contratos y se abrieran empresas. Es una verdad a medias porque los recortes se han hecho sin narrativa ni proyecto moral. La clave del crecimiento no está sólo en la austeridad entendida como sobriedad moral, sino en la confianza de los ciudadanos en sí mismos, en sus semejantes y en sus instituciones. Para mantener esta confiaza que nutre el aliento, hay tres factores que los poderes públicos deberían gestionar mejor.

a.- No penalizar el ahorro. Aunque algunos piensan que no es el ahorro sino el consumo lo que genera el crecimiento, el aliento de familias, autónomos y empresas familiares depende de la cultura del ahorro. Si mantener al gobernador del Banco de España y la negligente CNMV es mal signo para la cultura del ahorro, también lo es penalizar la declaración conjunta de la renta o ignorar la familia como unidad fiscal.

b.- No penalizar el trabajo. Hay campos profesionales en los que, llegado un punto, sólo se trabaja para pagar impuestos. Con ello no sólo se promueve la economía sumergida sino que se desalienta a profesionales y pequeños empresarios que no sólo gestionan mano de obra sino ingenio, creatividad y ambición.

c.- No perder la memoria. Hay departamentos gubernamentales donde la fiebre de los ajustes no sólo ha generado malestar y desconcierto sino amnesia social. El desaliento de la comunidad educativa tiene tales dimensiones que algunos se preguntan si los responsables educativos del PP saben algo de sus materias, han dado clase, han visto una pizarra o han hecho los deberes con sus hijos. Otros, cuando llaman a Madrid, preguntan: ¿hay alguien del PP?". Podéis ver el artículo completo en Las provincias, 18/V/2012.



jueves, 10 de mayo de 2012

Bancaja ya no nos une

"Cuando entrábamos en las oficinas de Bancaja aparecía un lema que decía Bancaja nos une. Su fórmula era tan exitosa que todos los clientes encontraban alguna razón para utilizar sus servicios: unos porque se identificaban con la valencianía, otros porque estaban contentos con el trato. Los había también que estaban orgullosos por su posición de credibilidad y respeto en el sistema financiero. Lo que no imaginábamos era la existencia de gentes espabiladas unidas por las malas prácticas, la opacidad en los sistemas de contabilidad y la instrumentalización perversa de la buena voluntad.

Aunque no sea el momento de volver la cabeza porque corremos el peligro de convertirnos en estatuas de sal, llega la hora de establecer responsabilidades, llamar a las cosas por su nombre y, si queremos generar confianza, promover una cultura de la transparencia. Tenemos derecho a que haya luz y taquígrafos en estos procesos que han atravesado las entidades financieras porque utilizan dinero público. Aún desconocemos los términos de la nacionalización, como desconocemos con claridad las cuentas de la fusión y, lo que es más grave, las cuotas de responsabilidad que tienen algunos políticos, sindicalistas, empresarios y gestores valencianos que con sus malas prácticas, su indiferencia o su silencio se han apuntado al grupo de los unidos por la opacidad.

No sólo ha llegado el momento de pedir cuentas sino de reclamar la devolución del patrimonio recibido. Con la reforma del 2010, las autonomías quisieron frenar la politización de las cajas pero no lo consiguieron. Desde la reforma del sistema financiero de Fuentes Quintana en 1977 hasta hoy, pasando por los cambios de 1997 y 2004, contamos con libros de actas para reconstruir la historia de las decisiones, atribuir culpabilidades a los responsables y exigir, incluso judicialmente, las reparaciones correspondientes.

No sólo están implicadas dos generaciones de políticos, sindicalistas y empresarios que han pervertido lo público, también hay determinados profesionales que con su indiferencia o silencio han sido cómplices del proceso. Si el Instituto Valenciano de Finanzas o el Banco de España hubieran sido fieles a sus obligaciones fundacionales la situación sería muy diferente. Eso sin contar la CNMV que si el lunes hubiera suspendido la cotización de Bankia no se hubiera perdido tanto dinero. Su falta de diligencia ha sido determinante porque disponían de información suficiente para algo tan sencillo como decir a los ciudadanos la verdad." Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 11/V/2012.

jueves, 3 de mayo de 2012

Miedo a la insignificancia

"Estos días se habla mucho de los jóvenes universitarios, no sólo por el macrobotellón organizado en las instalaciones del puerto de Valencia sino por el incremento de las tasas, la reforma de los estudios o sus dificultades para conseguir un empleo cualificado en su propio país. Casi todos los analistas olvidan que se trata de la primera generación global que se enfrenta a desafíos psicológicos nuevos para los que sus padres no están preparados. No nos prepararon para afrontar la nueva patología de esta generación: el miedo a la insignificancia.

Si alguno de los lectores comparte facebook con sus hijos, es aceptado como amigo sin restricciones en el Tuenti, o tuitea habitualmente con sus hijos, habrá comprobado que su número de seguidores o amigos es mucho mayor que el nuestro. Tienen los pulgares adaptados para enviar mensajes a una velocidad muy superior a la nuestra y se mueven por las redes o pantallas como peces en el agua. Si durante una comida no les han llamado, no les han actualizado el perfil o no han respondido a varios correos, parece como si su vida no tuviera sentido. Aguantar en clase sin utilizar el móvil se ha convertido en un desafío que muy pocos héroes juveniles son capaces de afrontar.

Este acceso instantáneo al mundo global genera problemas de madurez relacionados con la imagen que tienen de sí mismos. El psicólogo Carlo Strenger presentó una investigación donde ha demostrado cómo el miedo a la insignificancia se ha extendido entre las nuevas generaciones. Miedo que tiene su origen en el acceso inmediato a un mundo global por el que nos comparamos con las personas más importantes del mundo.

Cuando nuestros hijos se comparan con historias de éxito que les ofrecen las industrias de info-ocio, se genera en ellos una ansiedad creciente, aspiran a ser Steve Jobs, Angelina Jolie u otra celebridad global. Si a ello añadimos que la cultura mediática actual sobrevalora la juventud y desprecia actividades tradicionales que no conducen a la fama o el éxito financiero, entonces nos explicamos por qué están seducidos por el éxito precoz y no por una cultura del esfuerzo y el trabajo. Para superar este miedo hace falta un cambio de mentalidad con la que recuperar los sonidos del silencio y atreverse a reivindicar cierta autoestima que emerge con el revolucionario ejercicio de la desconexión." Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 4/V/2012.