Mientras que el primero es reflexivo, crítico,
basado en la memoria y expresado en cierto cambio de hábitos o costumbres; el
segundo es indoloro, amnésico y epidérmico. En los atentados de Paris del 2015
y especialmente en estos últimos de Bruselas hemos comprobado una nueva forma
de condolencia instrumental, simple, indolora, breve y vinculada a una
sensibilidad peligrosamente epidérmica. Comenzamos reduciendo los tiempos de
silencio y reflexión para terminar reenviando emotivas fotografías con
interminables cadenas de whatsap.
Este luto virtual no sólo expresa la fuerza de
las redes sociales y el poder de las nuevas tecnologías de la información, sino
cierta banalidad ante el dolor, el sufrimiento y la memoria. Esta vez, este
luto ha forzado cierta irresponsabilidad de algunos políticos como los alcaldes
de Valencia y Zaragoza cuando afirman que estos atentados terroristas son
producto de agresiones que nosotros mismos hemos hecho, cuando mantienen que se
trata de una violencia que vuelve porque nosotros la hemos provocado.
Remitiéndose a la guerra de Irak, Joan Ribó y Pedro Santisteve atribuyen este
terrorismo a cierto efecto boomerang, como si estos atentados yihadistas estuvieran
causados por la foto de las Azores.
En lugar de estar callados, conocer con mayor
profundidad el Islam y delimitar con precisión el significado de una Yihad muy
anterior a la existencia de Blair, Bush y Aznar, estos líderes se suman a la
corrección política, a cierto relativismo moral y, sin lugar a dudas, a cierto
“pensamiento débil”. Reproducen la misma forma de pensar de quienes justificaban
los atentados de ETA diciendo que algo malo habrían hecho Miguel Ángel Blanco, Tomás
Zamarreño y el resto de víctimas. Como ya hicieron sus correligionarios de
Podemos cuando Otegui salió de prisión, cualquier día nos sorprenden estos
alcaldes diciendo que el Abu Bakr al Bagdadi, líder del estado islámico, o Salah
Abdeslam, detenido por los atentados de Paris, son “hombres de paz”.
Deberíamos prestar más atención a los efectos
que este luto virtual está provocando en la deliberación pública y no caer en
la adolescentización de los argumentos. Tendríamos que comenzar resistiéndonos
a la hipnosis colectiva que se produce cuando la condolencia se reduce al
indoloro y gregario gesto de hacer un clik en Facebook." Podéis ver el artículo completo en Las Provincias, 27 de marzo de 2016.



