"Junto al hambre de pan, el hambre de piel es una de las necesidades básicas de la vida humana. Aunque no aparece como tal en la pirámide de las necesidades de Maslow ni se contempla entre los bienes primarios de Rawls, los besos, las caricias, los abrazos y el contacto físico son un alimento emocional tan valioso como los nutrientes del pan. Aparece junto a las necesidades básicas de afecto y seguridad que, desde la infancia, garantizan una personalidad madura. Ahora que se nos prohíbe legalmente el contacto físico y nos obligan a mantener las distancias, descubrimos el valor emocional de unos gestos, expresiones y hábitos que antes de la pandemia apenas si les concedíamos valor.
Tanto el hambre de pan como el hambre de piel terminan siendo problemas de cultura emocional pública. Aunque el primero nos parece más evidente porque percibimos claramente el estado de necesidad, el segundo cada vez se hace más visible cuando analizamos el impacto emocional del distanciamiento. La falta de relaciones, la obsesión compulsiva por la separación y la acumulación consecutiva de renuncias emocionales está afectando seriamente a la salud mental. Aunque aún no tengamos datos precisos, los educadores tenemos que estar preparados ante el impacto emocional que el hambre de piel está ocasionando en generaciones que saldrán neuronalmente tocadas. Y también estar atentos al modo en el que este hambre de piel se ha gestionado en instituciones públicas como colegios, hospitales, cárceles y residencias. Los niños y los (pocos) ancianos que queden serán más tocados. Recordemos que algunas residencias han habilitado “salas de abrazos” para demostrar a los usuarios que la distancia no es el abandono. Y recordemos que, en estos espacios públicos, el acompañamiento y la escucha han sido realizados por algunos profesionales que, mirando para otro lado, han querido humanizar normativas administrativas absurdas que impedían contactos, despedidas y duelos.
Hay autoridades sociales y sanitarias despiadadas que se conforman con la elaboración de protocolos o recomendaciones “formales” e incoherentes para garantizar cierta justicia administrativa descarnada y cierta autonomía, entendida como independencia o separación. La pandemia nos ha recordado que la distancia no incrementa la autonomía, la seguridad o el bienestar emocional, que los protocolos de distanciamiento mal aplicados atentan contra el principio de beneficencia y que categorías como la vulnerabilidad, la interdependencia y la solidaridad son básicas para cumplir con el principio de “no hacer daño”. En la aplicación de los cuidados a las políticas públicas, resulta paradójico comprobar cómo el “escudo social” de las nuevas políticas gobernantes utilizan modelos individualistas basados en la atomización, la separación y desvinculación."
Podéis ver el artículo completo en Las provincias, 27 de marzo de 2021






