domingo, 27 de mayo de 2018

Hablar de España


"Hace unos días, Alfonso Guerra inauguró en Sevilla un ciclo de conferencias que tenía como finalidad “hablar de España”. Este era el motivo que perseguían sus organizadores para que durante tres días se pudiera hablar de España con normalidad y se pudiera transmitir a la opinión pública una visión más ecuánime de la que se ofrece cuando se cae en la simplificación hemipléjica de las dos Españas. Deberían haber oído su discurso en la Consellería de Educación de la Generalidad Valenciana, donde hace unos días un alto cargo nos recordaba que en aquellas dependencias administrativas sólo  existe el “País Valencià”.

Recordaba Guerra que los nacionalistas han aprovechado la debilidad del Estado para buscar su destrucción por centrigufación. Se refería al nacionalismo catalán y describió que su transformación en soberanismo independentista pretende la secesión de España “con el apoyo irresponsable de los medios de comunicación de Cataluña y la benevolencia de algunos intelectuales y sindicatos”. Al reconstruir los orígenes de esta situación dejó constancia de la generosidad que tuvieron los redactores de la Constitución del 78 hacia unos nacionalistas que habían sufrido la persecución del régimen de Franco y se ganaron las simpatías de la sociedad. A su juicio, antes de Franco, la izquierda no era nacionalista, pero con la llegada de la transición incorpora el discurso de la autonomía perdiendo capacidad para articular un relato que defienda a España de los nacionalismos.

Heredera de ese contexto, la izquierda no tiene el vigor y fuste que necesita para desprenderse del síndrome del franquismo y se avergüenza de usar expresiones como “¡Viva España!”, que convierte en “fachas” a quienes la usan. Esta izquierda acomplejada, y “de salón” en términos de Guerra, consigue que en algunas partes de España como Cataluña (y Valencia) los colectivos de izquierda en su versión partidista, populista y sindical se fusionen con el nacionalismo y el soberanismo radical. Se refieren con minúsculas al “estado español” y dejan libre el discurso sobre España para que lo tomen “los otros”. En esto llega Ciudadanos como movimiento al ritmo de Marta Sánchez y es premiado como partido por hablar de España sin complejos.

Para Guerra ha llegado el momento de que los progresistas se despojen de los prejuicios, hablen de España sin complejos y proclamen su patriotismo. Un patriotismo que identifica la unidad de España con el principio de igualdad entre todos los españoles. Es una pena los responsables socialistas de la Consellería de Educación se desentiendan de este patriotismo constitucional y dejen el campo libre al soberanismo nacionalista. Sería bueno que progresistas y conservadores respondan juntos a la pregunta que hace varias décadas se hicieron Alasdair MacIntyre y Jürgen Habermas: ¿por qué el patriotismo es una virtud?" Podéis ver el artículo completo en: http://www.lasprovincias.es/comunitat/opinion/hablar-espana-20180527004128-ntvo.html


domingo, 20 de mayo de 2018

Eutanasia sin paliativos


"Aturdidos por el nivel de absurdo que está alcanzando la política española y entretenidos por el caramelo envenenado que las gentes de Oltra le han puesto a las gentes de Puig con el edificio de Capitanía, hemos olvidado los sucesivos cambios culturales que se están produciendo. En esta dirección, el pasado lunes se publicó en el boletín de las Cortes Generales la tramitación de la proposición de Ley de reforma de la Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal, de despenalización de la eutanasia y la ayuda al suicidio.

Aunque PP y UPN se opusieron a esta iniciativa, la abstención de Ciudadanos permitió que el resto de grupos consiguiera 175 votos para sacar adelante el proyecto. Con independencia del calendario, esta deliberación donde se vincula la despenalización de la eutanasia con la ayuda al suicidio nos permitirá comprobar si nuestros parlamentarios están más atentos a las necesidades reales que a las presiones de los grupos de interés.

En lugar de priorizar la unificación nacional de los criterios, la extensión a todas las comunidades y la mejora de los cuidados paliativos, nuestros diputados asocian la despenalización de la eutanasia con la despenalización de la ayuda al suicidio. En lugar de redactar leyes que faciliten la vida digna, ahora resulta que sus señorías emplean su tiempo y nuestros dineros en la despenalización de acciones que pretenden terminar con una vida próxima. No entran a deliberar sobre los matices que hay entre la moralidad del “dejar morir” y el “proporcionar la muerte”, cuando el tema se plantea como “ayuda” y “auxilio” al suicidio. No estimulan la calidad de las relaciones y servicios para que una persona no llegue a preferir quitarse la vida, solo promueven incrementar la burocracia administrativa socio-sanitaria para que los operadores jurídicos enrarezcan y encarezcan los cuidados.

Para que la sociedad civil no siestee primaveralmente, hay dos importantes asociaciones que se han pronunciado de manera contundente. Por un lado, la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL) ha denunciado que siguen sin tener recursos específicos para atender a personas que necesitan atención paliativa. En su comunicado recuerda que la calidad en estos cuidados no sólo reduciría entre un 10 y un 20% el gasto socio-sanitario, sino que permitiría entender los ciclos vitales en términos de “ensanchamiento de la vida” y no su simple alargamiento. Por otro, la Asociación Española contra el Cáncer se lo ha dejado bien claro a los señores diputados: mientras no se garanticen los cuidados paliativos carece de sentido plantear la despenalización de la eutanasia. Además, ha denunciado que falta armonización normativa, respeto a las preferencias del enfermo terminal, formación interdisciplinar de profesionales y cultura de la participación de pacientes y cuidadores." http://www.lasprovincias.es/comunitat/opinion/eutanasia-paliativos-20180520004159-ntvo.html

domingo, 13 de mayo de 2018

Inteligencia Artificial y conocimiento moral


"La Inteligencia Artificial se ha convertido en un apasionante horizonte de innovación no sólo para los que trabajan en problemas de “Ciencia, Tecnología y Sociedad” sino para todos los ciudadanos preocupados en la gestión y administración social del conocimiento. Junto a lo que técnicamente se ha llamado “Internet de las cosas” (Internet of things, IoT), se convertirá en uno de los polos tecnológicos con capacidad para atraer talento, imaginación y creatividad social. Quienes piensen que se trata de un desafío solo para ingenieros o tecnólogos está totalmente equivocado porque se trata de un desafío para toda la ciudadanía, sean los ciudadanos hemipléjicos del “ciencias” o los hemipléjicos de “letras”.

No se trata únicamente de la inteligencia o computación aplicada a la movilidad y, por tanto, la creación de coches inteligentes que conducen solos. Tampoco se trata de un problema de robots o consejos prácticos para convivir con androides. En parte se trata de un problema de responsabilidad entre generadores, comercializadores, distribuidores y usuarios de algoritmos. Y reguladores de algoritmos porque en los algoritmos viajan nuestros datos como usuarios, consumidores, ciudadanos, clientes, personas o simples seres humanos. Para algunos generadores de algoritmos sólo existimos a través de nuestros datos y estos no sólo los gestionamos individual o privadamente, sino social y públicamente. El reciente contencioso entre Facebook y Cambrigde Analytica es el primer capítulo de un nuevo debate sobre la responsabilidad en la comercialización de los datos sin consentimiento de usuarios.
Llegados a este punto siempre hay precavidos sistémicos que presumen de no usar las redes, como si estuvieran fuera de la nueva cosmología cibernética e internaútica, como si sus datos de Hacienda o del ambulatorio de salud no tuvieran vida algorítmica. Y entonces se enrocan en planteamientos apocalípticos recordándonos que ya estábamos avisados cuando decidimos abrirnos cuentas en las redes e iniciar la navegación en las procelosas aguas de los piratas algorítmicos. El tema no es tan sencillo y aun teniendo una dimensión que afecta a la voluntariedad personal, el problema trasciende y desborda el mundo de los sujetos como simples navegantes que consienten emprender la navegación. ¿Quién nos garantiza un buen uso de los datos? ¿Podemos confiar en la autorregulación de los propietarios de algoritmos? ¿Tenemos que esperar a que los gobiernos locales regulen estas navegaciones globales?
Sería pretencioso querer responder a estas preguntas de forma rápida y afirmar que la Inteligencia “artificial” sustituirá a la Inteligencia “humana” y “personalizada”, como si aquella no fuera un producto de esta última. Y aquí está uno de los nudos gordianos del problema porque en estos ámbitos se confunde con mucha facilidad la inteligencia con el conocimiento, como si la propia experiencia cotidiana y la Historia de la Filosofía no nos hubiesen enseñado que necesitamos distinguir “tener inteligencia” y “tener conocimiento”. Más aún si no nos limitamos al conocimiento instrumental o práctico sino que valoramos el “conocimiento moral”.
Aunque volveremos sobre ello en otro momento porque el tema es recurrente, por ahora conviene señalar que la revolución tecnológica de la IA también traerá como consecuencia una revolución política y, por consiguiente, una nueva transformación de la ética pública que necesitarán las nuevas democracias. En el horizonte se perfila una caja de pandora llena de nuevos problemas y desafíos relacionados con la gestión de la privacidad, la ciberbioética, y la forma de proceder a regulaciones supranacionales. Si la Unión Europea se aclarase respecto al modelo de sociedad que quiere, tendría mucho que decir porque tiene una situación privilegiada entre dos modelos radicalmente diferentes: el de EE.UU y el de China.
Mientras que en EEUU el desarrollo de la IA está impulsado por el sector privado y las grandes corporaciones, en China está impulsado por un gobierno con principios y valores que no son los de las ilustraciones occidentales. Si hay un modo europeo de tratar la relación entre privacidad, publicidad y seguridad tiene que ser repensado históricamente. Es probable que haya un modelo europeo propio y con vocación de universalidad para gestionar la IA en clave de libertad, prudencia y responsabilidad. No nos jugamos únicamente un problema instrumental o tecnológico sino un problema moral que afectará a futuras generaciones.
Para empezar a plantearlo, quizá convenga recordar una situación que protagonicé hace unos años cuando estrenamos el nuevo edificio de la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de Valencia. Era la última hora de la tarde, no quedaba nadie en la casa y después de cerrar mi despacho comprobé que todas las luces de los pasillos de las siete plantas del edificio estaban a pleno rendimiento. Intenté apagarlas según bajaba de la sexta planta y por más que insistí no pude. Le pregunté al bedel si había algún problema en la instalación y me respondió: “Maestro, es imposible apagarlas, estamos en un edificio inteligente que las enciende a las 8.00 y las apaga a las 22.00”. Mi contestación no se hizo esperar y le dije con toda el alma: “Gracias Juan, pero es una pena llamar  ‘inteligente’ a un edificio que demuestra tan poco conocimiento”. Podéis ver el artículo completo en: http://entreparentesis.org/ia-conocimiento/

Macronismo


"El último barómetro del CIS confirma la subida de Ciudadanos. Después de los primeros escarceos socialdemócratas, este partido ha tomado posiciones dentro del indeterminado liberalismo y en su último congreso así lo dicen. Sin embargo, el debate más inmediato no estará tanto en la modulación española del liberalismo al que se adscriben, sino el tipo de liderazgo con el que consiguen poner “España en marcha”. Igual que Macron llegó a la presidencia después de una segunda vuelta con el movimiento “En marcha”, así Rivera aspira llegar a la Moncloa. Quizá terminemos antes situando a Ciudadanos dentro del “macronismo” que del liberalismo.

No estamos ante un partido que se moviliza, sino ante cierto movimiento que se “partidiza”. Esta tensión entre movimiento y partido es básica para entender el nacimiento, consolidación y funcionamiento de Ciudadanos. Recordemos que muchos simpatizantes y cuadros que alimentaron UPYD o el unionismo en Cataluña pasaron después a Ciudadanos porque venían que al separatismo no se le podía frenar sólo con iniciativas cívicas y culturales sino con el peso de la ley. La movilización ciudadana y cultural es necesaria pero no es suficiente. Si la vieja política fracasa demoscópicamente es porque trabaja más tiempo como “partido” que como “movimiento”. Cuando los grupos dejan de sintonizar con el entusiasmo cívico de los movimientos comprobamos que no hay ni tan nuevas ni tan viejas políticas.

Estamos ante un desafío generacional. Cuando PP y PSOE han visto las orejas al lobo de Podemos y Ciudadanos, han buscado entre sus cuadros rostros jóvenes que cambien la imagen de sus ejecutivas almidonadas. De la misma forma que el votante medio francés se ilusionó con la juventud de Macron, el votante medio español se ha fijado en la juventud de Rivera. El riverismo y el macronismo tienen mucho de realismo posibilista, pragmático y esperanzador. Sus referencias no están en el pasado. Son brotes con frágiles raíces y aún no sabemos cómo gestionarán la negatividad de la política: la sangre, el sudor y las lágrimas que en algún momento llegarán. Son proyectos que aún relamen las mieles de electorados del bienestar que se permiten el lujo del nihilismo y el relativismo moral.

Como Merkel recordó a Macron, también hay un proyecto de nación europea que está por construir. Macron sabe que la tradición judeocristiana desempeña un papel central en su proyecto. Falta precisar cómo articulará Rivera en su diseño nacional las confesiones religiosas de menor arraigo y, sobre todo, qué papel espera construir con la confesión religiosa de mayor arraigo. Aún no sabemos si está dispuesto a desprenderse del rancio laicismo administrativo y pedirle a la plural comunidad católica que se implique en un proyecto ilusionante de nación, como acaba de pedirles Macron hace unos días a los católicos franceses." Podéis ver el artículo completo en www.lasprovicnias.

El futuro de las profesiones en la era digital


"La celebración anual del día Internacional del Trabajo nos permite analizar la percepción social del trabajo y las relaciones laborales. Este año también hemos comprobado que una de las preocupaciones fundamentales de los sindicatos era el futuro de las pensiones, es decir, la preocupación por un sistema de pensiones basado en la solidaridad intergeneracional cuya desaparición amenaza el horizonte laboral ante la crisis de la natalidad. Para afrontar este desafío, el gobierno ha lanzado ante la opinión pública la noticia de que estudia una “tasa Google”, es decir, la creación de nuevas figuras tributarias a las empresas tecnológicas. Un camino excesivamente simple que arrincona en debate social cada vez más necesario sobre el futuro del trabajo y las profesiones en la era digital.
"Aunque algunos analistas como Richard y Daniel Susskind (El futuro de las profesiones, Teell, Zaragoza, 2016) afirman que nos hallamos a las puertas de una sociedad post-profesional porque las máquinas y los robots modificarán radicalmente el mapa actual de las profesiones, hay un problema básico en todo el debate sobre la digitalización de las profesiones. Es el siguiente: la imprecisión terminológica con la que se suele hablar de las profesiones porque en realidad nos estamos refiriendo a empleos, ocupaciones, actividades o trabajos, algo bien distinto a lo que entendemos por “profesión”. Por eso, resulta fácil identificar el futuro de las profesiones con el futuro del trabajo, cuando se confunden términos como los de actividad, ocupación, empleo o profesión.
Para no confundir el mundo del empleo y el mundo de las profesiones resulta útil iniciarse en la hermenéutica de Richard Sennett, quien publicó hace varios años un interesante libro que llevaba por título La corrosión del carácter. Partiendo de las historias de vida de numerosos trabajadores y empleados, se plantea una pregunta sencilla pero radical: ¿qué relatos e historia personal proporciona unidad y coherencia a la vida de los trabajadores del nuevo capitalismo? ¿Facilitan las actuales relaciones laborales la forja de un carácter y, por tanto, una ética de la virtud? ¿En qué medida la precariedad, la flexibilidad y la mercantilización del trabajo están modificando la narrativa de los trabajos y, por extensión, el sentido de las profesiones?
Este hecho lo ven claro nuestros hijos y alumnos cuando empiezan a tener sus primeros trabajos. Aunque en realidad no lo deberíamos llamar “trabajos” con mayúsculas porque son actividades puntuales remuneradas o empleos inestables y mal pagados. Incluso en las administraciones públicas se aplican modelos y tipos de vinculación contractual donde el “trabajador” es reducido a la categoría de “empleado” que, a su vez, es reducido a la categoría de “mano” de obra, sin derecho alguno a utilizar el cerebro, la inteligencia, la capacidad de juicio o la sensibilidad. Cuando no hay ni siquiera un puesto de trabajo cuya estabilidad dure más de un día o un perfil del empleado organizativamente delimitado en sus tareas, en estos primeros empleos comprobamos que el ciudadano se reduce a su función y, por tanto, a simple “mano de obra”, deja de ser “cabeza que piensa” o “corazón que siente”. Lo humano reducido a simple función y simple recurso. Si los departamentos de personal fueron sustituidos por el funcional nombre de “recursos humanos”, ahora están volviendo a llamarse departamentos de “Personas”.
Con esta lógica, no es raro que se vuelva a plantear de nuevo la utopía del final del trabajo asociada a la utopía de una renta universal de ciudadanía. Dos problemas que activan con facilidad la deliberación pública sobre el impacto de la digitalización en el cambio de hábitos culturales, profesionales y laborales. Con ello se perfilan dos posiciones que orientarán cualquier reflexión futura sobre las profesiones:
a.- Los optimistas que ven la digitalización como una oportunidad a gran escala porque se producirá un cambio radical en el todas las profesiones relacionadas con las tecnologías de la información. Incluso el mundo de la educación, la sanidad y los cuidados se verá afectado por una digitalización que exigirá una nueva forma de generar, usar y compartir el conocimiento. La disponibilidad en línea de la información se trasladará al conocimiento y los profesionales cambiarán el sentido y valor de sus actividades.
b.- Los pesimistas que ven en la digitalización una oportunidad para establecer límites, repensar los límites y acotar el sentido de las profesiones. Aunque la información esté disponible, el conocimiento práctico, las habilidades, las competencias y las destrezas profesionales no pueden estar a disposición gratuita de todos. Reclaman que los proveedores limiten y controlen esta información práctica. A su juicio, la experiencia y el talento tienen un precio .
Entre el acceso libre al conocimiento compartido y la restricción comercial de la experiencia profesional emergen siempre problemas éticos relacionados con la responsabilidad, la capacitación, la personalización y, sobre todo, la confianza en la prestación de servicios. En todo caso, parece claro que la cuarta revolución industrial basada en las tecnologías de la información no se limitará a cambiar el catálogo tradicional de las profesiones sino a cuestionar de nuevo su sentido en un mundo donde el contacto personal está siendo desplazado por la conexión virtual." Podéis ver el artículo completo en www.entreparentesis.org


domingo, 6 de mayo de 2018

Prohibido prohibir


"Hace cincuenta años, por estas fechas, París estaba lleno de barricadas. En pocos días, los estudiantes y obreros pusieron en jaque el gobierno de Pompidou y la presidencia del venerable De Gaulle. Era la primera vez que las imágenes de manifestantes levantando adoquines de las calles, construyendo barricadas y enfrentándose a la policía, anunciaban la posibilidad de un cambio revolucionario. Han quedado para la historia como “generación de Mayo del 68” y los recordamos con el lema: “prohibido prohibir”.

Es tan paradójico y contradictorio como aquellos de “seamos realistas, pidamos lo imposible” o “la imaginación al poder”. Esta revolución, que se quedó en violenta revuelta, estuvo liderada por jóvenes de una generación del bienestar de la posguerra que cuando se miró al espejo no se reconocía. Tuvo que inventarse a sí misma. Lo hizo con otro lema que representa el cóctel ideológico que les absorbió “seso” y “sexo”: Marx, Mao y Marcuse. Un cóctel salvaje con el que la violencia estaba servida. La liberación que se buscaba no era únicamente laboral sino existencial y total. Si las anteriores revoluciones habían dejado intacta la cultura, esta sería la primera revolución total, es decir, no se limitaba a las relaciones laborales porque incluía el universo emocional, estético, sexual, corporal, pulsional y libidinal. 

Con ese cóctel nacía una contracultura que aún está dando sus últimos coletazos. Sin el mínimo sentido de la responsabilidad histórica, esta generación se propuso destruir una economía de mercado que a los pocos meses acabó devorando esta creatividad salvaje y que, enlatándola o encartelándola, la transformó en decorativo objeto de consumo. Se propuso destruir el principio de continuidad que hilvana la vida de las tradiciones con el principio de ruptura de cualquier institución del sistema social. Por primera vez, la revolución dejó de ser solidaria, austera y virtuosa. Se enorgullecían de ser una generación hedonista y la emancipación femenina se convirtió en un problema básico de la agenda pública. 

No resulta difícil constatar que aquellas gafas leninistas y maoístas con las que se interpretaban la historia y la vida aún se siguen utilizando en siglo XXI. Las propuestas de esta contracultura animan la formación de maestros, profesores y profesionales de todas las áreas de conocimiento. Esta contracultura de la irresponsabilidad sigue viva en numerosas propuestas de política cultural y educativa cuando nuestros compañeros ridiculizan, minusvaloran, banalizan y desprecian el valor de la familia, la tradición, la cohesión social y la virtud cívica. Muchos padres no se deberían sorprender cuando sus hijos escolarizados les recuerdan que la estabilidad emocional, la higiene del hogar y los hábitos de vida saludables son prácticas patriarcales y represivas que impiden la liberación total." Podéis ver el artículo completo en http://www.lasprovincias.es/comunitat/opinion/prohibido-prohibir-20180506001312-ntvo.html